Vuelta a Anzánigo...

 

Durante casi un par de décadas viajar hacia el camping motero de Anzánigo, o pasar por el para descansar, era algo más o menos habitual en nuestro universo motero. Enclavado en una zona fantástica, cerca de Jaca, del monasterio San Juan de la Peña, de los Pirineos y de los famosos Mallos de Riglos, aquel remanso de paz de alto octanaje era cualquier cosa menos pacífico durante sus primeros años, en el buen sentido de la palabra. Lo pasábamos realmente bien, un poco en plan vikingo, ya sabéis, había rudos motoristas con rudas mecánicas, sin lujos, durante cualquier estación del año, con tiendas de campaña, habitualmente, o sin ellas, con muchas visitas francesas y aragonesas, con viejos y nuevos amigos, todos encantados de pasar unas horas, o un par de días, con tan buenas vibraciones. Había motos pequeñas y grandes, de turismo, deportivas y algunas trails de verdad. El mundo era más simple.

Aquella parcela, donde se ubicaría el futuro camping, era un terreno que pertenecía a Emilio y a su mujer Mª Jesús. La habían alquilado años atrás para acoger a los obreros y a la maquinaría  empleada en la construcción de la central eléctrica junto al río Gállego. Una vez finalizada la obra, dejaron los barracones en pie para poder iniciar el proyecto del camping. 

Mucho antes, Emilio "El Gorras" y mi padre (Luis "El Taxista", como le describían en un articulo de la época) fueron algunos de los fundadores del MCT (Moto Club Turismo) uno de los primeros motoclubs que se crearon en España, allá por 1974. Evidentemente, ya se conocían de sobra para aquella primera reunión de febrero de 1989, cuando fuimos convocados diversas amistades, entre gélidas temperaturas, para comenzar a hablar del camping... Fue la I Invernal de Anzánigo.

De paquete y luego en mi SR fui varias veces y me dio tiempo a ver los barracones en pleno proceso de "montaje" interior, con sus primeras literas y ventanales sin ventanas, tapados con grandes plásticos para evitar el frío nocturno. Obviamente, con los años la cosa mejoró y cada vez aquel camping fue más acogedor. Por ejemplo, en marzo del 95, justo al salir yo de la mili, mi padre y yo nos acercamos al camping para disfrutar de una magnifica  edición de la reunión "Cabaret" donde por la noche dos chavalas nos deleitaron con bailes sensuales con poca ropa sobre el escenario, después de la cena habitual (jabalí o corzo, con alubias o similar, vamos, lo que cazaba algún familiar por el monte). En aquella reunión estuvo también Antonio "Roskachapa" con su magnífica TDM 850, una moto adelantada a su tiempo. Yo iba con mi humilde SR 250 y mi padre con la Zephyr que, pocos años después, yo heredaría. Buenos tiempos aquellos...

Pero no vamos a rebobinar más o no acabamos... Volvemos casi al presente, a octubre del año pasado, durante unos días con una climatología perfecta de otoño, con unos colores magníficos que atraen las miradas, en marcha y en parado. Por fin cuadran varias cosas y mi padre y yo vamos a volver a viajar juntos en moto. Desde el verano no habíamos salido con nuestras sendas lindas Yamaha, ya hay ganas.

Julito se unirá más tarde en nuestro camino y el amigo Quim también conectará con nosotros llegando al camping desde Seva. Quizá también se presente Edu de Pamplona, al que más cerca le pilla Anzánigo.

No madrugamos demasiado. Llego a Carabanchel y mi padre ya está preparado con nuestra infatigable Fazer. Son 77 años a cuestas, los de él, los de ella muchos menos, claro. Está superando muy bien un cáncer pero ahora tiene la rodilla derecha tocada con dolores y fuerzas que van y vienen... Es artrosis, dificil solución aunque pronto volverá al traumatólogo, a ver qué podemos hacer. Otro ni se lo hubiera planteado lo de salir con la moto a un viaje así pero él es él, tiene más ganas de rodar que yo, por ejemplo. Quiere seguir haciendo lo que le gusta y, lo importante, en marcha todavía controla y tiene reflejos de sobra para conducir a su ritmo (ojo con ese ritmo en autovías, je, je). 

Salimos hacia la gasolinera del puente de San Fernando, en la A2, a las afueras de Madrid, como tantas y tantas veces en el pasado. Julito se retrasará un poco o un mucho, veremos... acaba de renovar el seguro de su indestructible CBR600F.

Al final va con mucho retraso el compadre y nosotros partimos, nos veremos en otro hito mítico en nuestros viajes por esta carretera: la gasolinera del Espolón, en el kilómetro 202. Con mi pequeño depósito en la XSR no sé si llegaré hasta allí con gasolina dentro, veremos...

Mi padre arranca y veo que marcha perfectamente. Minutos antes, en la gasolinera, le había dado un pequeño bajón (a veces sucede) pero con un zumo de naranja se ha repuesto. Se ve que disfruta a velocidad de crucero, adelantando a los enlatados que se encuentra. Como tantas veces, nuestro ritmo habitual hace que cundan los kilómetros. Disfrutamos del conocido trazado, de sus desniveles como en Torija, odiando eso sí las rectas que conducen a Alcolea (¡como odiamos este tramo!), donde dan ganas de rebasar los 170 habituales. Recuerdo que desde abril del 2009 no hemos vuelto al camping en moto. Fue en aquel divertido "aquelarre" con tanta amigas y amigos de Barna, con la excusa de preparar el futuro viaje a Assen de ese año. Grandes recuerdos de aquella noche y buena bronca de "El Gorras" por hacer, decía, "demasiado" ruido a medianoche, en un camping que estaba casi vacío aquel sábado...

Paramos en la estación del Espolón como habíamos previsto pero, oh sorpresa, el bar de toda la vida está cerrado. Compartimos los "LF" un sandwitch y una bolsa de patatas fritas que no terminaremos, mientras esperamos a Julito que ya está muy cerca. Llega, nos saludamos y decidimos que podemos comer por la Almunia de Doña Godina. Debatimos un poco acerca de si queda o no algún restaurante de los viejos conocidos, pienso que no, seguro que el progreso y la autovía terminaron con los antiguos, habrá que improvisar. La idea es luego seguir por otro tramo más divertido que conecta con Ayerbe y así evitar autovía y evitar al mismo tiempo llegar hasta Zaragoza para poner rumbo a Huesca.

Comemos opíparamente, de menú, muy bien. Son casi las cuatro y media de la tarde si no recuerdo mal cuando salimos del bar. La rodilla del máster aguanta bien por ahora, lo cual tiene mérito porque la Fazer es una moto cómoda por su buen asiento y su manillar anchito pero no tanto por la postura que al final aplicas sentando en ella, pues la posición es, realmente, algo sport turing, por la colocación y altura de las estriberas. El, que mide mas de 1'90 de altura además, no se queja, dice que va bien, pero no tiene claro si sabemos por dónde vamos a subir a Ayerbe. Miramos en el Google Maps y vemos que la cosa promete y, encima, ahorramos kilómetros. 

Pusimos rumbo a Ayerbe por fin, primero cruzando una larga zona plana y enorme, rumbo Norte, camino a Ejea de los Caballeros. Paramos en una solitaria gasolinera un instante mientras advertimos otra vez un viento molesto que parece no va a desaparecer nunca. Luego tomamos una comarcal desconocida para nosotros, la A-125, que nos adentra por colinas, curvas y campos solitarios débilmente iluminados todavía por un sol en claro declive. Me paro una vez para sacar alguna foto y reagruparnos, felicitándome por el rendimiento y la magnífica agilidad de mi nueva Yamaha. ¿Dónde coño estaremos? me pregunto divertido. Llevo el top case por transportar mi macuto y el saco de dormir, cabe todo de casualidad, faltaría una tienda de campaña para acampar en esta extraña tierra sin personas... Por cierto, no me gusta llevar peso detrás pero no queda otra.

Pasan algunos minutos y por fin llegamos a Ayerbe, a su gasolinera, dónde repostamos por seguridad, y al bar que está junto enfrente. No quiero fatigar a mi padre que, como me imagino, tiene la rodilla ya tocada. Arrimamos otra silla y estira la pierna durante veinte minutos. El sol ya está casi oculto. Los cafés nos ayudan a entrar en calor. Al final quedamos con Quim en el camping, durante el camino nos hemos ido comunicándonos con el WhatsApp y faltaba rato para alcanzarle en Ayerbe.

Llega la noche cuando llegamos a Anzánigo. Una noche tranquila y serena, sin viento, dan ganas de bajarse de la moto cerca del puente de hierro y el embalse. Me alucina siempre esa sensación de estar en medio de la naturaleza... pero hoy no podrá ser. Ya está Quim esperándonos, nos recibe con una sonrisa y se presta a aparcar la Fazer mientras mi padre se baja con dificultad, estirando la pierna otra vez durante un ratillo en el bar del camping antes de que vayamos al bungalow "Isle of Man", por supuesto. La cena y el ambiente son magníficos, muchas risas, distintas conversaciones y buenos recuerdos esporádicos. Hace una noche super agradable. Se ven las estrellas. Apenas hay sonidos. Para mi es como estar casi en el cielo. Echo de menos esas noches en la sierra, en la montaña, con mi macuto o con mi moto de turno. 

Para rematar la sensación de "otros tiempos", como de costumbre, apenas hay cobertura, estupendo. Dentro del bar hay más cobertura y aviso de nuevo a los amigos de la nueva Transpirenaica indicándoles que en el camping hay sitio de sobra para todos ellos. Tienen previsto dormir en Jaca esa noche y ya están por la zona. Podría ser una cena mítica. Ignoro que a esas horas mi amigo Juan ha tenido un problema con su Triumph y está esperando una grúa en compañía de su amigo Fortu. Dormirán todos en Jaca, a escasa media hora de nuestra localización. Una pena no haber podido cuadrar todos juntos en el mismo sitio.

Dentro del bar nos habíamos encontrado con un grupito muy simpático con el que hablamos hasta que ponen los platos de la cena y nos separamos en dos mesas distintas. Mi padre ya ha disfrutado contándoles alguna batallita del camping, de la zona o de cómo fue él quién pinto sus puertas de verde hace muchos años (ahora la puerta del camping es colorada). 

Nos acostamos tarde para... no dormir durante horas porque Julito y los demás nos encargamos de recordar historias increíbles, de viajes, de la mili o de otros "géneros". Las risas se prolongan varias horas. No usé al final mi saco de dormir, hacía una temperatura increíblemente buena.

Nos levantamos bien, sin resaca y sin sueño, a una hora prudente. Apetece desayunar churros pero dudo que haya (risas por favor). Nos levantamos lentamente, hay una tranquilidad total por allí, apenas hay gente en el camping. La alfombra de hojas otoñales de varios tonos y colores tapizan el suelo. Hacemos algunas fotos. No desayunamos mal pero mi padre se queja de la rodilla. Echamos una mirada y la tiene tocada. Si se queja es que tiene motivos. Quim nos dio un pastillazo para el dolor pero apenas funciona. Estira la pierna un buen rato mientras empezamos a debatir qué podemos hacer. 

En eso llega Edu, desde Pamplona, qué alegría, con su magnifica nueva moto, una S1000XR, la trail asfáltica de BMW, un auténtico pepino de SBK pero con manillar ancho, ¡casi nada! He visto tantas de segunda mano en internet que recuerdo bien los precios que pide la gente por ella, muy lejos de mi alcance. Años atrás, decía yo que era como una Multistrada pero más fiable. Son muy parecidas en concepto, usabilidad y potencia aunque con motores muy diferentes, claro. 

El tiempo sigue siendo estupendo, da gusto salir a tomar el aire. Vienen algunos moteros, tomamos otros cafés mientras charlamos. Al final medio obligo a mi padre a volver en taxi o grúa, la Fazer está perfecta pero esa rodilla está tocada y el dolor no se detiene. Para algo tenemos el seguro. Y no hay nada que demostrar a estas alturas de la vida. Se convence y llamamos al seguro que envía grúa y, luego, un taxi cómodo que le llevará a casa. Lo hemos intentado y se ha disfrutado pero tenemos que hacerlo así. Dar las gracias al hijo de Emilio, el actual líder del camping, por sus facilidades... ¡y por dejarme usar el teléfono fijo! Y un auténtico placer compartir unas horas con mis amigos de Seva y Pamplona, dos auténticos maestros de las dos ruedas... yo siempre bien rodeado, je,je...

La vuelta de Julito y de servidor es entretenida y llena de curvas. Paramos en un pueblo perdido para tomar unos pinchos... y para buscar gasolina, para la mía, claro, sobre todo. Todo iba bien pero, como en otros viajes, en la última hora u hora y media volvemos a "cagarla". Por las rectas de Alcolea el sol está muy bajo, es muy dificil ver todo bien. Aminoramos la marcha en ocasiones pero siempre adelantando a los que van a 90, mirando que no nos cace un absurdo radar en esas rectas de varios kilómetros de longitud. Un radar no, pero un coche de los de verde, aparece de repente por detrás echándome la bronca (ignoro por qué) y deteniendo a Julito a lo lejos, como consigo ver de casualidad.

Me salgo en el desvío de Singüenza, quería llamar al papi para ver cómo va. No sabemos nada de él desde que salimos del camping casi al mismo tiempo que su taxi molón. Después de hablar con él tengo claro que puedo llegar a mi bola por allí, por esa carretera, dando un pequeño rodeo... o seguir por el camino original y buscar a Julito.. si no lo han parado. Idealista y tonto que es uno decido lo segundo y en menos de un kilómetro veo su moto roja parada en el arcén junto al coche de las sirenas... y, obviamente, un guardia que sale y me para a mi también. Por fortuna, son algo razonables y solo nos multan un poquito. Yo no iba a discutir pero es cierto una de las cosas que les cuento (aunque suene a chufla): mi retrovisor izquierdo se ha aflojado y no paro de colocarlo con la mano en marcha... por eso no les vi llegar, error y cagada. Si les llego a ver, quién sabe si nos hubieran parado...

Me indigna el concepto que aparece en la sanción pero todos sabemos que la libertad y la autoridad son muchas veces incompatible. No nos sancionan por exceso de velocidad (el coche no era radar) pero sí por conducir (traducido) un poco mal (no llegamos a ser temerarios, San Brembo nos asiste). No se puede tener "ritmo", no cuenta no haber dado un parte en la vida como agresor a otro vehículo, todo eso no cuenta para nada en un momento así, lo sabemos. Hay que ir a 90 en una recta kilométrica donde apenas hay tráfico. Esa es la lógica del poder... para recaudar. Al final casi me da igual, pocas cosas me amargan el viaje.

Ahora a arreglar cierta rodilla y a seguir rodando, viviendo, riendo.. de eso se trata porque no todo van a ser plagas bíblicas, incluyendo volcanes en erupción... o eso pensaba en  aquellos días finales de octubre del año pasado.


Salud y gasolina for everybody!

Bajando al sur, otra visita pendiente...

 

Bueno, por fin dimos forma real a otra vieja idea: bajar a la Costa del Sol y saludar a varios amigos, que como siempre digo, tantas redes sociales y tanto uso del Whatsapp no es bueno. Se entiende que cuando hay distancia entre unos y otros es un pequeño consuelo, una herramienta útil, pero donde esté rodar unos cuantos kilómetros y hablar cara a cara... no hay comparación posible. También cuentan las ganas de hacer millas, claro, y la salud, y el bolsillo... todo influye. El caso es que un día cualquiera, charlando con Pablo por una de esas redes, le anime a que, a su vez, animara a su padre, mi amigo Chema, para que bajáramos juntos a verle a sus dominios, por la zona de Estepona.

Dicho y hecho, hablamos raudos entre nosotros y fijamos una fecha que, increíble, no fue modificada por ningún integrante: bajaríamos al sur los primeros días de octubre, de jueves a domingo, para pasar buenos ratos y hacer otras visitas, como la de mi querido amigo Pepe y, quizá, poder volver a ver a Paloma Uceda después de tantos años. ¡Alicientes no faltaban!

Al final se apuntaba también Manolo, con su preciosa boxer, así que todo quedaba en familia, yo era el agregado a la "excursión". Quedamos sin madrugar aquel jueves, último día de septiembre, en uno de nuestros puntos de salida habitual, la gasolinera fetiche de Villaviciosa: Campodon. Mi idea era rozar Gredos en nuestra ruta hacia el Oeste pero no internarnos en sus comarcales ya que quedaban kilómetros por delante y los dos hermanos no querían llegar muy de noche. Después, desde la zona de Talavera de la Reina, la intención también era internarnos por tramos de nacionales y comarcales, porque autovía queríamos coger la mínima. 

Como iba delante, me pareció buena idea parar por Arenas de San Pedro a tomar un café. El día era magnífico y por la carretera del Tiétar (CL-501) nos había cundido al mismo tiempo que disfrutamos de curvas y escaso tráfico. Rodábamos a unas medias muy comedidas, casi legales, por lo que mi autonomía iba a incrementarse comparado con otros viajes, pensé. Después del café mañanero llegamos a Talavera y tiramos por la carretera que va hacia Herrera del Duque (la N-502) pero cometí el error de no parar a echar sopa en una Repsol que pasamos enseguida. Luego Chema exploró una comarcal pero no nos terminó de convencer. Una pequeña charla con un señor que estaba con una excavadora nos dejó claro que por allí nos estaríamos desviando demasiado, aparte de que no había ningún surtidor de gasolina en muchos kilómetros... Retrocedimos unos minutos el camino andado, reposté por fin y tomamos rumbo a Herrera, por un trazado que yo no conocía y que me encanto, lleno de curvas y asfalto aceptable. Disfrutando de los virajes vi el cartel a Guadalupe, ¡otra ruta pendiente!, de esas que aconsejas a todo el mundo pero nunca has hecho, vaya paradoja... Algo más tarde, nos detuvimos un rato en la presa de Cíjara. De ser fumadores, hubiera sido el momento perfecto para encender uno, reinaba una calma increíble...

Dejamos atrás el embalse y el río Guadiana para seguir por la carretera N-502, con curvas guapas y asfalto también mejorable, para un rato más tarde detenernos a comer unas raciones en un pueblo perdido, antes (o después) de Almadén, dónde habíamos parado a repostar otra vez. En ese pueblo donde comimos había una calma bestial, de hecho parecía que no había habitantes... ¿sería posible?

Nos acercamos a Córdoba y tuvimos que ingresar en la autovía, recordando las bonitas curvas rápidas (con radar en algún punto) que hay en ese tramo, dejando atrás la ciudad. Unas curvas que años atrás con la Infinita tomábamos muy alegres... Rato después nos perdimos unos minutos hasta encontrar el desvío que nos llevaría rumbo a la costa, hacia la preciosa zona de Ronda, ¡qué ganas tenía de pasar por allí en moto!

Caía la noche cuando Pablo nos recibió en una zona de la sierra, ya a una media hora del mar, más o menos. Me encantó esos últimos kilómetros que habíamos recorrido dirección Ronda. Luego, por la noche, ese ya último tramo con Pablo y su flamante CBR también nos gustó mucho a todos. ¡Qué sucesión de curvas infinitas hasta llegar a la costa! Por supuesto, pasamos por la famosa Venta el Madroño pero yo ni la vi, estaba demasiado ocupado haciendo cambios de dirección, bajo el manto de la noche y rodeado de las luces rojas y blancas de mis compañeros de ruta... Un final de día magnífico, casi mágico.

Pasamos dos días estupendos, conocimos la famosa venta, sus majestuosas curvas, su ambientazo (mucha moto, claro), buena gastronomía, buenas charlas... y todo regado con un clima perfecto. El viernes Manolo cambio sus ruedas, yo iba mosca ya con mi magnífico ContiSport Attack trasero, iba de fábula pero le auguraba poco más de mil kilómetros de vida como mucho...justo para volver a casa de sobra, pero tampoco podía asegurarlo. Qué faena es cuando pasa este problema en un viaje, hacía años que no me pasaba pero... Pregunté en el taller donde estábamos cambiando las gomas de la BMW pero nada, no tenían nada que me gustara. En otros establecimientos dónde preguntamos sí contaban con buenas ruedas pero tendría que esperar al lunes... imposible. Después de comer pasamos por Marbella para ver los yates de lujo y los cochazos...  Pedí una botellita de agua y casi me roban hasta los empastes, brutal el nivel económico de la zona, cómo para salir por allí a menudo...

Luego cogimos las motos y... más curvas, obviamente volvíamos al tramo racing de la venta del Madroño y luego hasta Ronda. Aquí una foto chula de las curvas próxima a la famosa venta:


Pero no todo podía ser perfecto... la cena que habíamos programado con Pepe no pudo celebrarse. Mi amigo sufre de espalda, y ese día le dio un fuerte ataque que le dejo muy tocado e inmóvil. Me avisó horas antes apenado. Como no celebramos la cena en Málaga tampoco pude ver a Paloma que ya estaba avisada y se iba a pasar. Quizá en un próximo viaje tengamos más suerte... Pero no penséis que nos quedamos aburridos, los cuatro del grupo nos fuimos a una terraza ese viernes por la noche y disfrutamos de una cenita racing estupenda. Después me enseñarían una mítica tienda de Ferrari, espectacular, en cantidad y calidad de bólidos, ¡increíble el dinero que se mueve por esa costa! Pero volviendo a la cena, destacar que entre las raciones no pudimos evitar probar los boquerones, riquísimos, algunas tostas espectaculares y, sobre todo, las joyas de la noche: tortillitas de camarones, mítica receta gaditana,  ¡espectacular!


Llegó el sábado, y después de desayunar tranquilamente, puse rumbo a casa. Estaba muy feliz y a gusto con los amigos pero no podía faltar más, cosas de tener familia, claro. La verdad que fue un honor conocer a Pablo... y sus motos, ¡también tenía una Aprilia RS 125 impoluta y subida a 140! Buenas charlas tuvimos todos esos días, se hizo corto la "excursión" de hecho.

Chema y Manolo se quedaban hasta el domingo. El sábado me acompañaron algunos kilómetros y regresé a casa en solitario, disfrutando de los tramos y feliz de haber podido hacer este viaje tan chulo. 


Llegando a Córdoba paré a tomar un montado y decidí evitar la autovía. Quería además pasar por la zona agreste de Los Pedroches. Lastrado por la capacidad de mi ridículo depósito y una gasolinera de pueblo que debía estar abierta pero que no lo estaba, sufrí un rato, no me apetecía empujar o llamar a la grúa. Puse el Mode más flojo del motor, sin pasar además de 50 por hora, escudriñando a ver si encontraba algún surtidor... hasta que detrás de otra curva de aquella zona tan bonita encontré una magnífica Cepsa que me supuso algo así como tener una aparición mariana. Desde allí a Puertollano fui algo más rápido pero aburrido, las rectas de La Mancha llegaban a mi camino y aunque veía que el neumático trasero todavía aguantaba tampoco era plan de ir follao. Poco más que contar, salvo dar las gracias a mis compañeros de ruta y a nuestro anfitrión. Otro año repetimos, pero siempre que no bajemos en pleno verano, claro, o no vuelvo vivo...

Despidiendo el verano... (¡por fin!)

Siempre apetece que llegue el final del verano, al menos para algunos. Quizá me repito ultimamente aludiendo a las temperaturas, quizá sea la edad que hace que nos afecte más el calor... quizá las ganas de salir en unas condiciones más confortables para jinete y montura.

Arrancamos septiembre formando un buen grupo de "ataque" hacia Gredos. Volvíamos a salir con David y Pablete (más la mami, Tere, esta vez), aparte claro de los demás figuras que por fin reunimos: Kurtis, Iñigo, Alvarito y un amigo, y Antonio con su nueva moto, la Tiger 900... Una vez más, un buen elenco de personalidades.

La primera parada fue en El Barraco, como casi siempre, para comenzar la jornada con el lubricante de los aberronchos: los torreznos del bar Tres Postes. Mítico. No somos muy originales con algunas de nuestras paradas y mucho menos con algunos de nuestros hábitos. Pudimos degustar también las máquinas reunidas. Veíamos de nuevo la nueva BMW de Kurtis, una venerable GS del 2003 amarilla que le permite pilotar más cómodo que en su magnífica S1000R, la reluciente Triumph blanca nuevecita de Antonio, la bella Kawa de ébano de Iñigo, los colores de la GPZ de Alvarito (ejem, sin comentarios), la flamante Hornet de su amigo... y una vez más también la Fazer 1000 y la Hondita 125 del dúo Motos, padre e hijo (no podían tener otro apellido, está claro).

Como siempre nos alargamos un rato allí y calculamos que para la hora de comer estaríamos por Venta del Obispo... pero, claro, solo nos separaban 45 kilómetros de curvas y nadie tenía hambre. Arrancamos con esas ideas y, una vez más, disfrutamos viendo a Pablete evolucionar con su 125. Por el camino nos habíamos fijado algunos en los terribles efectos del enorme incendio que arrasó tantas hectáreas pocos meses antes, terrible. Había zonas quemadas negras donde casi me detuve para fotografíar la masacre que se genero, un paisaje que nada tiene que ver con el que nos gusta contemplar por allí, claro. Luego, de repente, había zonas intactas y de nuevo sombras de tierra oscura o marrón, restos de calcinamiento a pie de carretera, o grandes extensiones dirección a diversas crestas...

Llegué el primero a la Venta y me dispuse a hacer algunas fotos según fuera llegando el personal. Por fin estábamos todos ya en el mítico "meeting point" o meta volante. Efectivamente, era la hora de comer pero ninguno tenía ganas. ¡Qué coñazo tener que gestionar ese asunto! Que sí, que a todos nos gustar devorar pero casi era lo de menos... sin embargo, tampoco nos veíamos con ganas de decir aquello de "hoy no se come, solo gas"... porque luego el cafetito apetece (risas, por favor). Honestamente, como alguna vez he contado en este blog, ya pasaron los años en que la parada del día era "decorada" por el chuletón de turno... aún así, cuando vamos en grupo, un menú de carretera suele caer en estos tiempos. Solo hay que ver qué figuras tenemos la mayoría...

Charlas y revisión del "parque móvil" que había en la zona (siempre hay ambiente allí) y pequeño debate sobre qué rumbo tomar para... comer (el tema de moda). Kurtis probó llamando a un sitio estupendo que conoce la zona de Mombeltrán, negativo, no había mesas libres. Al final, por consenso, se habló de tirar dirección Avila por la N-502, para pasar el puerto de Menga y, quizá, parar por el pueblo de Mengamuñoz, como en alguna ocasión pasada con Alvaro. 

Arrancamos y, esta vez en grupo, fuimos devorando con alegría aquellas curvas con buen asfalto, dejando muchas veces a Pablete delante. Sus escasos 15 CVs poco podían hacer en las zonas más rectas, logicamente. Bajando el puerto, nos pasó Kurtis con su flamante GS por el carril izquierdo a un ritmo endiablado mientras David y yo escoltábamos los pasos de su hijo con la 125. El caso es que paramos en Mengamuñoz, donde hay o había un par de restaurantes chulos. No tuvimos suerte, estaban completos o cerrados y, después de ver de nuevo los efectos del famoso incendio por ese lado de la sierra, arrancamos nuestras fieles monturas, buscando un nuevo objetivo para detenernos. No pasaron ni veinte minutos. Por fin paramos a comer, ya no muy lejos de Avila ciudad y sus terribles rectas. Allí consumimos más de dos horas pues el servicio era algo lento y casi habíamos ocupado la última mesa disponible. Tuvimos un buen rato de cachondeo con mi ensalada..., ¡no se puede ser sano!, resulta que era una ensalada que no solo llevaba lechuga y tomate sino frutos secos... y a lo bestia, incluido muchos kikos y panchitos, ¡algo brusco para mi paladar!, risas, por favor, otra vez... hasta foto hicimos:

Después de comer, hidratarnos (¡qué bien suena ese término!) y de las risas habituales, con un calor moderado no quedaba más remedio que hartarse de paciencia un rato y cruzar decentemente las rectas infinitas que llegan a la famosa ciudad de las murallas. Y digo decentemente porque es una zona muy fácil para ser multado si enroscas lo que te pide el cuerpo y la mente. 

Ya en Avila, paramos para repostar y decidir los próximos pasos, debíamos ir volviendo para casa, sin prisa pero sin pausa. La idea era volver por la divertida carretera que llega a Navas del Marqués y Cruz Verde, la CL-505, la mejor opción para evitar el tráfico de aquel domingo por la tarde. Recuerdo perfectamente cómo cogerla, hay que ingresar en la ciudad, pasar la estación de autobuses y tomar una calle larga y amplia. Sin embargo, al final, con otros delante, tiramos por otras calles y terminamos por integrarnos en la N-403 que enlaza Avila con el el pueblo de El Barraco... tramo que no estaría nada mal de disfrutar si no fuera por su famoso radar de tramo. Cuando me di cuenta ya era tarde para parar el "desfile" de motos y rectificar... Pablo ya iba, además, delante y, minutos después, su padre le tuvo que contener cuando empezó el radar de tramo.

Más tarde, otra breve parada, basicamente por mi culpa. Volví a repostar unos pocos litros (la maldición de mi XSR) para no detenernos un poco más adelante y recordamos la máxima de intentar no volver por la carretera de los pantanos, para evitar su tráfico dominguero que suele ser fatal. Ya lo habíamos vivido meses atrás volviendo con ellos de Navaluenga. La mejor idea era que, al menos unos cuantos, tiraríamos en El Tiemblo hacia Cebreros para volver a casa por las carreteras de la Sierra Oeste. Sin embargo, tampoco pudo ser...

Llegando a El Tiemblo el tráfico ya aumentó y el grupo dejó de ser compacto. De repente Pablete iba líder destacado, detrás varios coches, y David, el padre de la criatura, algo más atrás... logicamente Pablo no sabia qué dirección tomar y no se desvió, siguió la carretera, rumbo a San Martin de Valdeiglesias. Los demás nos metimos en el desvío y paramos enseguida para ver qué hacíamos. Kurtis, Iñigo y alguno más tirarían ya hacia El Escorial y la Cuenca del Manzanares. La familia Motos daría la vuelta para intentar alcanzar a su hijo y llegar juntos a casa. Yo decidí acompañarlos hasta el último cruce que tendríamos en común. Dicho esto, allí, llegando a Cebreros nos despedimos todo el grupo y dos motos dimos la vuelta. 


Al final todos llegamos tranquilamente al hogar. Pablete llegó en solitario, sin perderse, lo cual tiene mérito porque no tiene, obviamente, nuestra experiencia por estas carreteras. Yo en general lo pasé muy bien. Hacía mucho tiempo que no rodábamos tantas motos y amigos juntos. Al final se hizo un poco corto pero, honestamente, el acumulado de kilómetros sin ser una pasada tampoco fue nimio. Cuando llegué a casa, antes de meterme en la ducha, pregunté por Whatsapp a David si había llegado ya Pablete. Le dije además que no le echara la bronca, total, era responsabilidad nuestra haber ido más cerca de él por aquellos parajes... Cosas que pasan cuando los grupos son grandes y hay máquinas de todo tipo de potencia... pequeñas experiencias de la vida, nuevas anécdotas para contar en algún bar años más tarde...

Verano... se ven pollos asados en moto (2 de 2)


Llegué en cabeza a las postrimerías de Jaca, imaginando que encontrar alguna habitación para pasar la noche sería muy complicado, bueno, complicado si NO querías arruinarte en el intento. El destino parecía burlón porque fue entrar por una de sus rectas, despacio, mirar un poco a ambos lados de la carretera y descubrir un restaurante antiguo de carretera que ponía algo de "camas". En cuanto pude di la vuelta y me metí en su parking de tierra. Justo al lado del restaurante estaba la entrada a un camping. En este solo me ofrecían zonas para poner tiendas de campaña, nada. Cuando pregunté en el restaurante me dijeron que sí, sin dudarlo, dos camas en una habitación saldría por 30 euros, razonable. Los baños eran comunitarios, en el mismo pasillo, suficiente. Me dejaron una llave y subí al nivel de las habitaciones por una escalera exterior; vi la room y dije ok mentalmente. Mientras, Julito aguardaba abajo. No era un sitio precisamente lujoso pero estaba apañado y encima podríamos cenar o desayunar allí mismo, perfecto. Dejamos algunos trastos y seguimos la ruta prevista, para que Julio conociera la estación de Canfranc. Atravesé Jaca divertido, mirando a la ciudadela, por donde había estado apenas unas semanas antes con la family, y volvimos a acelerar ya camino a Francia por la avenida del mismo nombre, pasando también a nuestra izquierda el viejo conocido hotel Charle, centro ecuestre además,  muy recomendable, por cierto. Disfruté aquel tramo con la moto, ¡qué diferencia a hacerlo enlatado! El tiempo además era magnífico. El sol empezaba a declinar pero la ausencia de viento y de calor era una bendición en esos momentos del día, distintas sensaciones comparadas con las vividas horas antes por la Foz de Biniés.


Siempre es agradable contemplar la monumental estación de Canfranc. Tanta historia a cuestas..., desde el accidente de 1970 se dejó de usar aunque sigue habiendo colectivos que luchan todavía por devolverla a la vida. Aún así, aparte de las reformas que se le han hecho a sus fachadas, hay que destacar la nueva estación de tren construida detrás de la famosa fachada principal. Enlaza creo que con Zaragoza y Huesca. Por allí caminamos un rato, observando todo.

Luego ya en Jaca fuimos a cenar a la pizzería de siempre; buenas risas y quizá demasiadas calorías... Volvimos a arrancar las motos para llegar hasta el alojamiento. Hablando con la encargada del camping, me dejó meter mi XSR en un rincón del mismo, pues no me sentía del todo tranquilo viéndola en el parking de tierra exterior... Julito pasó de todo, a ver quién es el guapo que se atreve a tocarle la CBR, je,je... A las tantas nos propusimos dormir... Y un nuevo día llegó tranquilo y calmado, regalándonos un solecillo agradecido. Desayunamos sin prisa en el bar y pagamos lo acordado. La idea ahora era coger la vieja carretera y acercarnos al camping de Anzánigo. Yo llevaba la tira de años sin pasar por allí, me hacía ilusión. Julito nunca lo había visto en primera persona, ¡ya tocaba! Por mi parte casi ni recordaba el camino desde Jaca. ¡Cuantas veces habíamos pasado mi padre y yo por allí décadas atrás!, solos o acompañados, y ahora casi me parecía una rutilla nueva, sin apenas tráfico, con muchas curvas y un asfalto comarcal mediocre pero suficiente para avanzar. Más allá del camping sí recordaba mejor la ruta, camino a Ayerbe. Ese tramo lo habíamos rodado aún más veces, muchas, hasta en las rutas "turísticas" que se organizaban en las concentraciones con base en el camping. Recuerdo algunas de aquellas rutillas en grupo. Una, por ejemplo, cuando el conductor borracho o loco de una furgoneta fue pasándonos por el camino y a mi me rozó en el hombro, ¡de traca!, para haberme pasado por encima. Ni recuerdo como terminó aquella locura pero el tipo desapareció. Hubiera terminado en la comisaria, o apaleado, no recuerdo bien por qué se evaporo al final. Aquí una foto un poco anterior, de marzo del 95, justo cuando salí de la mili, todavía con mi SR. Estamos acompañados en ella de dos auténticas instituciones del moto club Olorón, Charles y Theo. Otros tiempos...


 
En otra ocasión recuerdo lo bien que iba rodando con mi Zephyr por allí, junto a mi padre y algún otro amigo rutero. Recuerdo en una rutilla como otros chavales me dijeron que le apretaba mucho y que esa moto iba bien sin ser una "R". Pues sí que iba bien la Kawa. Eran grandes días aquellos de finales de los años 90, el cuerpo y la mente estaban a punto, bien carburados, como los cuatro carburadores de mi amiga japonesa. Además, cuanto más joven, más inmortal te crees, lo típico. Por aquellos tramos recuerdo rodar, más de una vez, por puro instinto, alegre, sin pensar en absoluto, solo con ese instinto sabio, que no loco, sacándole los "higadillos" a la japo que, gracias a su noble chasis y a su motor rabioso, me lo ponía muy fácil en esos años. En el 97 fue el año cuando mi padre y yo rodábamos al mismo trapo, ¡fue un año mágico!, sin exagerar.... A veces cierro los ojos, me concentro, y estoy de nuevo allí, en ese tramo de Ayerbe a Anzánigo, subido a mi Zephyr, tomando las curvas sin descanso, apurando sus Pirelli, estirando sus marchas, aprovechando sus frenos decentes... siendo feliz. Una sensación de poderío inmensa te embargaba porque cuando un espíritu es feliz se siente además tranquilamente casi invencible... sobre todo rondando los treinta años de edad. Pero volvamos al presente...


Llegamos al camping motero más famoso, al menos para muchos de nosotros. El histórico Emilio Moliné, dueño del camping, nos dejó el año pasado, ahora es su hijo quién lleva las riendas del negocio. Había motos aquel día pero no demasiadas, buen ambiente, clima apacible y algunos ruteros que entraban y salían, casi todos con trail, claro, que es lo que se estila para ser aventurero. Pedimos algo de beber y luego le enseñé a Julito parte del camping. Peregrinamos hasta "San Glas", por supuesto. La verdad que el camping lleva unos años muy bonito, aunque hacia muchos que yo no lo visitaba había visto muchas fotos actuales. Me fijé en las puertas de entrada que un día pinto mi padre, ahora ya no están de verde, sino coloradas. También comprobamos fácilmente la escasa cobertura que tienen allí los móviles: algunas cosas no cambian o cambian muy poco, sin problema.

Luego arrancamos, sin prisas, imaginando que el buen tiempo se acabaría llegando a Zaragoza o incluso antes... Pero todavía podíamos disfrutar del trazado de la zona y de sus preciosos paisajes. Cruzamos el embalse de la Peña por el alucinante y tradicional puente de hierro. Es una pasada  toda aquella zona. De noche, más, como recordé meses más tarde al cruzarlo sin sol y con creciente frío nocturno.

Disfrutamos de las curvas del tramo de la A-132. Luego, no mucho más tarde, paré en el mirador del río Gállego, frente a los famosos Mallos de Riglos. ¡Qué típico es parar allí! Para quién no lo sepa, los Mallos son formaciones geológicas muy particulares, peñas de paredes verticales de gran altura; a nadie dejan indiferente. 


Más abajo, vimos gente en canoa por el famoso río. Llegó un chaval joven con una MT-07. Venía de Pirineos, días atrás le había caído una buena chupa de agua, contó. Por aquí, sin embargo, el tiempo era estupendo. No hacia ni frío ni calor. Nada que ver con lo que debía pegar en la meseta y más al sur de Aragón...


Disfrutamos de un buen rato pero, sin demasiado entusiasmo, volvimos a ponernos el casco rumbo a la zona de Huesca, incluyendo un buen tramo de aburrida autovía. Al llegar a Zaragoza el calor ya era notable y no paramos de beber todo lo que se nos ponía por medio. Comimos luego en Medinaceli casi de casualidad en el último local con alguna mesa libre... y nos echamos una especie de siesta en una especie de jardín que tenía por detrás... 


El sol era asfixiante a las cuatro de la tarde, fácil de imaginar. Como pollos asados, de nuevo... Las sombras se pagaban caras... Las motos y nosotros permanecimos ocultos del sol un par de horas antes de arrancar y concluir aquella nueva escapada estival sin más novedad que desear llegar a casa en busca de una bien merecida ducha. En todo caso, un placer salir de la rutina, que duren muchos años más estas pequeñas escapadas aunque todos deseamos algún verano volver a la Stella o perdernos por Alemania, por ideas... ¡Salud!

Verano... se ven pollos asados en moto (1 de 2)

 

Padecer las altas temperaturas que regala cada nuevo verano que llega vuelve a ser una pequeña pesadilla. En cuanto bajas el ritmo o tienes que parar en algún semáforo unos cuantos "vikingos" sufrimos de lo lindo. Sí, como cuento cada año, salimos pronto cada mañana, madrugando con gusto, para iniciar la vueltecita de turno pero, cuando llega el mediodía, el calor puede casi asfixiar. Lo mejor es subir puertos de montaña donde se enfría un poco el ambiente. Más abajo, por colinas y pueblos de la Sierra Oeste, una mañana hice la foto que aparece arriba. Estaba en Navalagamella, en mi bar favorito de esa plaza llamada Dos de Mayo. El rótulo que veis lo resume muy bien, en pocas horas sería un pollo asado... "MADNESS"...si, locura de la buena. Pobres mecánicas, pobres jinetes (algunos, que otros lo pasan de miedo con el calor)... Era pronto, claro, en plena franja de desayunos, me quedaban dos horas máximo para volver a casa y sobrevivir, mi horario habitual en verano. Nací el 1 de agosto, debería aguantar bien el calor pero no es así. Lo único bueno de esa fecha para mí es que seguimos cumpliendo años (no hacerlo sería mala cosa) y que sirve de excusa para ver a muchos amigos y a la familia. Este año fue estupendo también. Contar con mi familia y figuras del calibre de Joselito, Mudo, Juanki, Julito, Chema, Rosa, Alvarito, Tyto, Mónika, Kurtis... no tiene precio. Lo mejor de cada casa. Hasta hubo alguna agradable sorpresa con la presencia de Mayka y Miguelón, ¡chapeau! Solo faltaron Rosi y Luis pero andaban lejos, lástima. Nos salió una foto de recuerdo genial antes de despedirnos ese domingo por la noche...

Dejé mi querida Fireblade aparcada durante esas semanas, después de completar de sobra su rodaje tiempo atrás (le hicimos el motor en febrero, ahora es un cohete). En verano el calor en una deportiva carenada de cuatro cilindros es intenso, ¡algunos no entendemos cómo no nos hemos quedado estériles después de montar tantos veranos sobre la parrilla que antes era asiento!

Por otra parte, como "contraprestación" a la radicalización del clima (que lo está siendo, nos guste o no, con el nombre que queramos darle) resulta que en verano, principalmente por las vacaciones, logicamente algunos disponemos de más tiempo para rodar y viajar. Verano, enemigo y amigo de algunos motoristas, tal cual. Como siempre, las escasas mañana que salía madrugaba de lo lindo. En una de aquellas ocasiones regresé a mi querida zona de Peguerinos con la intención de llegar hasta el alto de Abantos. No lo conseguí por culpa de varios toros en la carretera... pero el paseo estuvo muy bien. A la vuelta paré unos minutos para observar el embalse de Aceña, junto al pueblo. Eran apenas las diez de la mañana y ya empezaba a apretar el calor. Pronto llegaría a casa...

Otra mañana, pocos días después, quedé con Alvarito y también aprovechamos las primeras horas de la mañana para rutear. Paramos en el archiconocido Magalia y luego me fui a ver la zona de monte quemada por Cebreros y El Tiemblo, terrible. Por cierto, que estrenaba casco (comprado en Andorra semana antes), el Shark de carbono que tan buena fama tiene. Le caí en gracia al señor de Motocard y me lo rebajó sustancialmente (en Madrid rondaba los 299 euros, allí era más barato). También estrenaba el baúl Givi que pusimos pocos días antes, con ayuda de Chemita. No me gustan los Top Case pero, finalmente, me he rendido y para viajecitos así voy a probar a llevar el puñetero baúl detrás guardando mi mítica mochila racing. Práctico será... ya veremos en zona de curvas, yendo alegre, porque precisamente mi querida XSR pisa poco de delante y lo que menos necesita son unos kilos extras detrás...

Poco más había a la vista en agosto salvo el típico viajecito con mi compadre, Julito, a mediados o finales de mes, aprovechando que uno está "de Rodríguez" y puede permitirse el lujo de estar hasta tres o cuatro días por ahí, rodando, vagabundeando, subiendo y bajando desniveles naturales, gastando parné en gasolina y en alojamientos distantes. Siguiendo con mi intención de reencontrarme con amigos foráneos pensé en la oportunidad de ir al circuito de Navarra, o por lo menos a Logroño, donde estarían los Tortugas, pasar unas horas con ellos y seguir rumbo hacia Euskadi (en teoría), como quería Julito, ver el mar y luego rematar por Pirineos al menos otro día y medio... Al final hicimos un mix interesante. Primero pondríamos destino a Logroño donde pasaríamos otra velada divertida con todos estos delincuentes tortugueros. 

Salimos el viernes 20 de agosto por la conocida carretera de Zaragoza, rumbo a alguna zona de La Alcarria para comer hora y pico después, evitando toda la autovía posible. Con un calor del carajo nos atamos los cascos y arrancamos. Llegando a la zona de Jadraque paramos para tomar algo en un pueblecito pequeño cuyo nombre ahora no recuerdo (Editado: el pueblo era Hita). Luego enlazamos con la zona de Soria por Almazán y, por fin, pusimos rumbo a la Sierra de la Cebollera, que regala unos tramos muy, muy chulos, con curvas que enamoran.

Enseguida llegamos a la ciudad de las rimas, Logroño. Gregg y su panda llevaban horas por allí. Como su alojamiento estaba justo en el centro de la ciudad, una zona marchosa pero peatonal, aparcar las dos motos para descargar los bultos fue un suplicio, tanto, que casi me multan y eso que vi al guardia pero seguí en dirección contraria por la puñetera calle, harto de dar vueltas... Esas mismas calles se llenaron de ambiente y risas horas después, cuando el sol ya se había ocultado. Estuvimos en la famosa calle Laurel, qué buenos ratos pasamos. Vaya banda... Gregg, Tomás, Carlos, Joan, Pablo... vaya piezas, si es que nos juntamos con lo mejores, los Tortugas son irrepetibles. Por cierto, nunca había visitado esta ciudad, fue todo un descubrimiento agradable, buen marco para un gran reencuentro, lo más importante de la noche. 

Esas horas dieron mucho de si. Y eso que había límite de cierre para la hostelería. A las 2 los bares y las terrazas se cerrarían... y apuramos al máximo, tanto, que hasta casi nos invitan a otra última ronda final. Comenzamos a vagar casi sin rumbo, en buenas condiciones, no en plan walking dead..., con una temperatura perfecta y con la tranquilidad de saber que podíamos volver andando al apartamento sin controles de alcoholemia. Y qué detalle que pusieran bancos por aquellas calles para descansar...

A la mañana siguiente desayunamos de manera potente en una plaza cercana. Nuestros amigos catalanes pondrían rumbo al circuito de Navarra para ver las SBK. Pregunté a Julio pero, como yo, prefería seguir quemando gasolina, además en el circuito se antojaba que haría mucho calor; pocos árboles hay allí... Nos despedimos esperando una nueva ocasión para vernos y rutear juntos, quizá con motivo de otra Transpirenaica, por qué no. 

Salimos con ganas de aquella bonita ciudad. No teníamos claro el rutómetro aunque sí los destinos que íbamos a recorrer. La noche anterior hablamos de visitar mejor la zona de Canfranc en lugar de poner rumbo a Euskadi, Julito quería conocer la famosa estación y quizá subir al Somport, ¡sin problema! Pasamos por Los Arcos, el circuito de Navarra, bueno, mejor dicho por la gasolinera que tiene muy cerca. Luego miré el Google Maps. Pensé en las hoces de Lumbier, evitando autovías y desde allí tirar hacia nuestro querido valle de El Roncal. Sin llegar a entrar a Pamplona, tomamos la A-21 y salimos en Lumbier. No sabía muy bien qué tramos nos esperaban pero estábamos ansiosos por descubrirlos. Apenas había pasado el mediodía, con el sol en lo más alto.

La cosa se puso interesante rumbo a Burgui, por tramos con escaso tráfico y, por fin, más curvas que durante las horas anteriores. Era la NA-178 hacia Navascués. Con tiempo habríamos parado en varios sitios para echar un vistazo pero tampoco nos sobraba demasiado. Quería llegar a Isaba, o cerca, para repostar y comer algo, íbamos relajados pero quería parar por el viejo valle y disfrutar de la libertad del momento, sí, esa pequeña libertad de no estar atado a nada, solo la que es amiga de disfrutar y decidir sobre la marcha qué hacer o dónde ir. Por cierto, las dos motos seguían comportándose de manera impecable. Suerte de llevar una Yamaha nuevecita con un fiable motor CP3 y una eterna CBR 600 F, de las motos más duras que he conocido, adornada en este viaje, por fin, por mis viejas alforjas sin estrenar. No le quedan nada mal. 

Nos íbamos acercando a nuestro primera meta volante. Por el camino solo paramos en este cruce, junto a la casa de los bomberos. Entrábamos en otro tramo que no conocía, por la NA-214.

Comimos al final en Roncal, en una terraza medio escondida que no conocíamos (bar Errota), al lado del río Esca. Pinchos y buenas cervezas bajo un sol cálido pero no asfixiante. No sabíamos dónde íbamos a dormir aquella noche. Me entretuve llamando a un par de sitios que encontré en internet pero eran caros, desestimados automáticamente: no estábamos tan desesperados. Improvisaríamos horas después, por la zona de Jaca, que era el próximo objetivo.

Subimos unos kilómetros para repostar. Me quedaba con las ganas de subir hacia la frontera e, incluso, volver a ver Olorón. Llevaba tiempo esperando una oportunidad como aquella pero habíamos hablado de visitar Canfranc y el domingo regresar para casa por motivos laborales. Así que, después de terminar de llenar los estómagos de nuestras queridas compañeras, volvimos en dirección contraria, bajando unos kilómetros hasta encontrar un desvío a la izquierda desconocido que nos llevaría por muchas curvas hasta Ansó (NA-176). Zona entretenida la del Alto del puerto de Matamachos. Poco después hay una bifurcación que tampoco conocíamos. De haber seguido por la misma carretera hubiéramos pasado por Hecho (como hicimos en la Transpirenaica del 2018, rumbo a Laruns, Francia) y las medias de velocidad hubieran sido más altas pero, no sé por qué, vi la comarcar que se abría a la derecha y me interné por ella. Sabía que llegaría hasta la general en Berdún, nada más. Desde allí a Jaca estaba chupado. Lo que no sabía era que esta comarcal se internaba por una foz y unos parajes agrestes muy escondidos y retorcidos, sin tráfico, sin gente, sin apenas sonidos... menos mal que llevábamos gasolina, me dije. Julito vio unas pozas de aguas claras. De haberlas visto los dos hubiéramos parado para darnos un chapuzón, eso dijo el compadre. Pues sí, hubiera sido posible, no hacía frío precisamente...

Vaya, vaya con la Foz De Biniés. Confirmado que hubiéramos disfrutado más conduciendo motos trails o de enduro directamente porque tela la de curvas lentas con asfalto mediocre que nos comimos durante esa hora larga en aquel páramo verde y gris. Después de una breve parada en un mirador en curva, donde un cartel anunciaba las diferentes aves que volaban por la zona, arrancamos de nuevo y nos metimos en una zona aún más interesante, llegando incluso a una pequeña presa. Tuvimos que parar, claro está, respirar hondo y maravillarnos del entorno. Contemplé sorprendido las paredes rocosas que nos rodeaban. Tomé esta foto:

Enseguida volvimos a ponernos en marcha. Saliendo de una curva, poco después, yendo yo en cabeza, vi justo delante, directo hacia mí una enorme águila (o buitre) que con las alas extendidas ocupaba, sin exagerar, casi el ancho de toda la calzada. Fue tan impresionante que pensé que me golpearía pues volaba muy bajo y muy rápido... pero en el último momento, mientras me agarraba al manillar e intentaba esquivarle, el enorme animal cambio su rumbo y se elevó con gracia. Mi corazón volvió a latir a ritmo normal, ¡pedazo susto! Enseguida recordé que habíamos parodiado en aquel cartel del mirador a estas magníficas aves. Tontos. Qué vulnerables somos frente al reino animal...

Visitas que ya tocaban...

Si algo hemos lamentado la mayoría durante la pandemia, al margen de sucesos más graves, claro, ha sido la falta de contacto humano, nuestra faceta tete a tete con los demás, ya fuera con amigos, familiares, conocidos o compañeros de trabajo... Dicen que el ser humano es un animal social. No lo sé, cada década me gusta más la soledad en más ocasiones que antaño. O soy un animal raro o un humano ligeramente trascendido o, simplemente, un tipo algo más solitario por elección... En todo caso, está claro que muchos echábamos de menos volver a una situación más normal, poder relacionarnos con familia y amigos de manera más estrecha, más "analógica"..., también me alegraba por los bares humildes donde tantas veces socializamos aunque no tenía ninguna obsesión "líquida", desde luego. 

Tenía muchas ganas de volver a rodar con mi padre. Sigue de médicos pero hace vida casi normal y, si la rodilla mala se lo permite y se levanta bien, vuelve a montar siempre que surge la oportunidad. A principios de julio nos fuimos a comer juntos por ahí, rumbo a Gredos. A la vuelta paramos en Robledo a tomar los preceptivos cafetitos. Me encanta verle en acción. Siempre, siempre tiene más ganas que yo de montar en moto, ¡admirable a su edad! Lástima que su mala salud de hierro no sea la de siempre... pero...seguiremos rodando mientras el cuerpo aguante.

Días después madrugamos de lo lindo, Pedro y yo, para acercarnos a la comarca de Las Vegas, en el Este de nuestra comunidad, cerca de nuestra zona. Quería enseñarme el monumento a las Brigadas Internacionales, cerca de Morata de Tajuña, donde también hay varias trincheras que están, actualmente, bajo estudio arqueológico, ¡muy bien! Fue un rato estupendo, algo de off-road, pero lleno de calma. Luego visitamos varios lugares misteriosos de la comarca, incluido un supuesto pueblo "radiactivo" (que daba mucho yúyu, la verdad) y, para rematar, la entrada a la base militar de La Marañosa (ITM), dónde se producían armas químicas..., Un asunto muy silenciado oficialmente. ¡Gracias por tu propuesta de aquella mañana, tío!

En fin, en estas estábamos, saliendo un poco del túnel sanitario, cuando pensé en hacer alguna escapada y ver a viejos amigos por el camino. Solo teníamos a la vista, para el domingo 18 de julio, otra edición del "Cordero Racing" en Hiendelaencina. Lo propuso Javi y allí acudimos unos cuantos, bajo un sol de justicia, alineándonos en Patones de Abajo. También se apuntó Dani con su Z1000SX aunque al final tuvo que dar la vuelta por una emergencia familiar un poco antes de llegar a meta, lástima. Al final, un día estupendo pero donde sobró calor e ingestión de calorías (eso era fácil de adivinar).

Volviendo al asunto principal, para julio y agosto, tenía en mente varias opciones ruteras de buen ver y mejor sabor. Como tantas veces, regresar a la Stella Alpina era la prioridad número uno, casi imperativo vital, sí, por demasiados motivos... Este año, encima, había uno más: resulta que podría ver por el camino a Angel y Teresa, los editores de Interfolio, y de "propina" a Alvarito y Racing Rose, que estarían por allí de merecidas vacaciones. El plan era estupendo, apenas me tenía que desviar de la ruta para Bardonecchia y encima pasaría un día o dos con todos ellos en un entorno magnífico. Como podéis imaginar, el plan era... como esos famosos espárragos de Navarra (ojo, que de China y Perú venían unos con el mismo nombre para timarnos). Por desgracia para mí, cada año es un poco más dificil que pueda volver a la Stella junto con mi padre, que sería, realmente, la opción que más me apetecería...

Como siempre, el hombre propone y San Brembo dispone, o algo similar. De repente un día, en casa, nos dimos cuenta que el segundo domingo de julio (eterna efeméride de la Stella Alpina), fecha sobre la  que pivotaba todo el plan de "ataque" coincidía día arriba, día abajo, con el segundo pinchazo de la vacuna... o lo que sea que nos hayan inyectado. Si por mi fuera, sé con certeza que nada hubiera cambiado, o quizá me la hubiera puesto dos o tres días más tarde... pero el viaje hubiera sido consumido totalmente... pero al estar incluida parte de la family mi faceta más "responsable" exclamó en mi mente... "¡Pero, batracio, cómo te vas a ir a los Alpes!, y si hay alguna reacción fuerte y tú estás a dos mil kilómetros de casa...¿qué?". La respuesta fue obvia. Cancelaba ese plan. También pensé en un plan B que ya había medio diseñado... Bueno, para ocupar menos días fuera de casa me acercaría a la zona de Montpellier (bueno, más al norte, en zonas rurales de pinta estupenda) donde viven los amigos antes citado para la visita ya planificada... Pero a la hora de la verdad, por culpa de la maldita fecha de vacunación estaba en las mismas..., demasiado lejos de casa. Subir a Barna me atraía mucho, lo echo de menos, pero tener al final solo dos días disponibles no me permitía esa posibilidad, sería llegar y venirme, absurdo, así que la opción de volver a ver a los colegas Tortugas tendría que retrasarse un poco...

Me centré en otras visitas/escapadas que tenia también medio diseñadas tiempo atrás. Una de las más prioritarias se encaminaría hacia la Serranía de Cuenca, esa zona mágica, para ver a viejos amigos a los que tenía un poco-bastante "desatendidos" demasiado tiempo: al amigo Alberto de Utiel, al gran motoviajero Vitín y a su inseparable amigo Ricardo... ¡buenos argumentos para una escapada corta pero intensa de dos días! Grandes ruteros y grandes personas, qué decir de todos ellos. Con Alberto era ya costumbre nuestro encuentro en Javalambre todos los meses de enero y en algunas prueba de clásicas, sobre todo en La Bañeza, en nuestros buenos años. A Vitín llevaba sin verle mucho tiempo. Entre unas cosas y otra no habíamos podido reanudar el contacto de antaño, por desgracia. Sus viajes son siempre una inspiración para nosotros. Su último libro me lo había devorado tiempo atrás pero se me olvidó llevármelo para que me lo firmara, fallo mío. A Ricardo no le veía desde una edición de Morillo de Tou, si no recuerdo mal, también demasiado tiempo atrás. Así que, a finales de julio, con una rueda trasera algo delicada ya, una mañana de viernes puse rumbo a la zona que abordamos tantas veces camino de la Estrella de Javalambre: Cuenca y su serranía, como si fuéramos hacia Cañete... 

Habíamos quedado en la gasolinera de Carboneras de Guardazaón, lugar emblemático para los "LF", pues he perdido la cuenta de las veces que hemos parado ahí a lo largo de la vida para echar sopa, fumar o desayunar en el restaurante de enfrente. Vitín ya me había ofrecido su actual hogar para pasar esa noche, en el tranquilo pueblo de Aliaguilla (Cuenca). Mientras los esperaba, Alberto me facilitó el número de móvil de un taller de Utiel, para ver si podían montarme aquella tarde o al día siguiente alguna goma nueva. Tuve suerte porque tenían una magnífica Conti SportAttack esperándome (mis anteriores llamadas a talleres de Cuenca habían sido estériles).

Pensé que vendría Vitín por la carretera de Carboneras y decidí adentrarme en el pueblo por la calle principal para ahorrarle unos pocos kilómetros. Enseguida me llamó, ya estaba en la gasolinera, había llegado por otra ruta, ¡vaya! En escasos minutos vi llegar dos BMW, una GS 1200 y una GS 800. Eran él y Ricardo, ¡yeah! Tomamos algo y enseguida fuimos por bonitos parajes hacia la "Cuenca profunda" como la llamo yo a veces a toda esa extensión agreste y llena de curvas. En esta ocasión no conocía los tramos por los que nos llevó Vitín con su admirable ritmo encima de su famosa moto viajera Camel. Llegando a Aliaguilla entramos por una zona revirada muy interesante que me gustó mucho, mientras seguía la rueda de nuestro líder, admirando como movía su gran moto por esas curvas tan cerradas. 

Enseguida fuimos a comer al restaurante-piscina del municipio. Se nos unió también allí Alberto Verduras, que no venía con su Impala esta vez. Sí, me habían avisado que me llevara el bañador, y me lo llevé pero al final no me apetecía bañarme, preferí charlar con todos ellos mientras degustábamos unas sabrosas raciones. Ese día invité yo por mi cercano cumpleaños, y usé el famoso Bizum para hacerlo, por primera vez en mi vida (no tenían datáfono). 

Después de comer fui hacia Utiel para cambiar la goma trasera, siguiendo el coche de Alberto, que me presentó a su amigo Jorge del taller de neumáticos Campillo. Mientras esperábamos en un restaurante de la carretera (viejo conocido de una famosa comida de Los Cariñosos), en la terraza, dio la casualidad que nos vio ¡Paco Motos!, ¡vaya buena vista!... así que paró y por fin disfrutamos de su compañía, había pasado demasiado tiempo por culpa de la maldita pandemia. Al día siguiente tenía sarao de clásicas en el Jarama, por cierto. Luego fuimos al taller y recogí la XSR. Nos despedimos todos con la intención de volver a vernos otro día sin tantas prisas. Arranqué con mi goma nueva (una estupenda ContiAttack 4) y volví en solitario al pueblo "base" donde Ricardo y Vitín me esperaban.


Una duchita agradable y de terraceo mientras la luz del sol empezaba a esconderse, preparando una velada estupenda, incluyendo cenita sana y racing en el garaje de la casa de Vitín. ¡Como presta comer o cenar en un garaje apañado, rodeado de máquinas y amigos! También contamos esas horas con la presencia de otro buen amigo de Vitín, Jose de Oasisand, y de la simpática chica de Ricardo, Loli, ¡buen elenco!

Al día siguiente, por mi parte, tenía que volver a casa pero primero tendríamos que degustar una buena ruta de curvas by Vitín & Ricardo por tramos muy interesantes de la Serranía de Cuenca. Después del desayuno llegaron dos amigos más, de la zona de Valencia, Toni con una agresiva KTM negra y otro colega, Kata, con una lujuriosa Ténéré 700 blanca y roja, de V-Ferrer Valencia. La ruta pasaría por Landete, Moya y luego hasta Cañete y más allá incluso, aunque yo me despediría de todos ellos en el conocido pueblo de la muralla, donde tantas veces hemos parado para comer camino a Manzanera.

Vitín se puso delante con su fiel Camel y enseguida comenzamos a disfrutar de lo lindo. Yo iba de maravilla con mi mochilita a la espalda y mi goma trasera nuevecita traccionando de lujo. Nos internamos por zonas agrestes con escaso tráfico y me quedé felizmente alucinado cuando llegamos a las inmediaciones de la localidad de Moya (Cuenca), una zona con encanto, de postal, donde, de haber rodado solo, hubiera parado para hacer varias fotografías, sobre todo viendo su vieja fortaleza a lo lejos, sobre el horizonte, en lo alto...pero no me quejo, llevábamos un ritmo muy interesante y Vitín hacia de anfitrión perfecto. Un gustazo ir a su rueda. Nos adentramos por unos desfiladeros que yo desconocía y terminamos por la zona de Salvacañete.

Pasado el mediodía paramos en el conocido bar "La Muralla" de Cañete para tomar el "aperitivo" y yo, luego, despedirme de todos ellos. Con un clima tan estupendo y tan buena compañía no me daban ganas de poner rumbo a Madrid pero no me quedaba otra. La escapada era "exprés" y eso ya lo sabia un día antes. Así que después de unos tragos y unas raciones ligeritas me despedí esperando, de corazón, volver a ver a esta banda en alguna otra ocasión cercana. 

Por último, agradecer a Ricardo, Loli y Vitín su inmensa hospitalidad y cercanía, me sentí como en mi casa las horas que estuve en las suyas, allá en Aliaguilla, ¡un millón de gracias, amigos! Hasta pronto... Salud y Gasolina.


GRACIAS A TODOS LOS QUE ME AYUDARON POR EL CAMINO...