Escapada a Hervás... y a dónde nos llevaba el viento.

Con poco más de 7000 kilómetros en el marcador digital de mi querida XSR llegamos a finales del mes de junio y apareció la oportunidad de estar día y medio rodando por puertos y tramos guapos bajo un clima bastante benigno, ¿quién no se iba a dejar seducir por tal propuesta? Además la orografía escogida era de las mejores que tenemos los madrileños a mano: hacia el Oeste, hacia Gredos y el Valle del Jerte, ¡sobran comentarios!

Salí después de desayunar, rumbo a Venta del Obispo, uno de nuestros tramos favoritos (desde El Barraco). La de veces que lo habré disfrutado. Muchos años, muchas ocasiones pero desde hace más de diez años siempre con mi fiel Infinita, que todavía estaba en rodaje en esos días. Se nota enseguida la diferencia entre ambas magníficas monturas. La Fireblade, logicamente, tiene un chasis más de carreras, un tremendo apoyo delantero... y un motor casi infinito. Esa combinación junto a la experiencia sobre ella provoca que cualquier mortal como yo parezca "rapidillo" encima de ella y el tramo de marras pase volando, lleno de emociones, frenadas interesantes y aceleraciones fulgurantes... Pero con la XSR la cosa cambia un poco... aunque la esencia es muy parecida. Llevas una posición mucho más cómoda que te permite trazar y rectificar mucho más fácil. Su chasis es noble y suficiente para rodar alegre, por supuesto. Su motor también es suficientemente potente como para no notar que vas de "paseo" y sus frenos ahora mismo van de lujo por lo que, aunque no tengamos mucha experiencia con ella, y no la estemos sacando mucho partido, al final no tardamos mucho más en llegar a la "meta volante" de la Venta en comparación con la del ala dorada. Cosas de la vida, etapas que uno va quemando... 

Ahora me cuesta un pelo subirme en la Fireblade. Mi espalda no me duele pero ya no tengo veinte años, ni treinta, sé que me entendéis. Con estas pequeñas reflexiones de recta y con mi pequeña mochila detrás como único equipaje (más que suficiente) paré allí a tomarme el segundo desayuno de la mañana, ligero pero super agradable: Coca normal y pincho de tortilla. Como era viernes no había tráfico ni gente, estaba casi solo. Bendiciones que suceden pocas veces...

Seguí rumbo a Barco de Ávila por ese fantástico tramo que surge desde el cruce famoso hacia el Parador de Gredos y demás localidades (AV-941), lindando casi en todo momento con el río Tormes. Tuve la fortuna de no encontrarme con apenas tráfico y las condiciones eran perfectas para rodar. En un momento anterior había repostado (fruto de la maldición de esta Yamaha: su ridículo depósito de solo 14 litros te obliga a pensar dónde hay gasolineras mucho más que con otras motos). Enfilé pronto hacia Extremadura y el apreciado puerto de Tornavacas (sobre todo subiendo) que tenía que gestionar esta vez cuesta abajo mientras ya pensaba dónde repostar (¿podría en el pueblo de Jerte?). Bajando casi piso con la rueda algo en el suelo.. ¿una piedrecita?, no, ¡una cereza!, claro, menuda zona de cerezas ricas aquella, por no hablar de sus preciosos cerezos en flor allá por abril más o menos.

La idea era desviarme hacía el viejo conocido puerto de Honduras (carretera CC-102). Antes tuve que adelantarme varios kilómetros hasta una gasolinera porque estaba claro que no llegaría al pueblo de Hervás, una vez atravesado el mencionado puerto, con caldo, y no me atraía la idea de bajarlo en putno muerto y luego buscar otra gasolinera. 

Hacía muchos años que no pasaba por allí. Me habían comentado, tiempo atrás, que lo habían reasfaltado. La verdad que me lo encontré en buenas condiciones y muy solitario pero no me pareció tan magnífico como la primera vez que lo descubrí. Paré arriba del todo para ver las fantásticas vistas y, a lo lejos, el pueblo mencionado antes, el mismo que acoge el famoso museo de motos y coches antiguos. Esa sería mi parada "larga" programada. Llevó años recomendando su visita a mucha gente pero por H o por B yo era el que no iba nunca. Mi padre también tenía ganas de conocerlo. A ver si lo logramos juntos algún día...

No era ni mediodía cuando llegue a Hervás. Enseguida localicé el museo después de escalar por una rampa que no me esperaba. No había gente, estaba todo rodeado de una calma tan densa que me hizo pensar que estaría cerrado... pero no. Me atendieron muy bien y estuve un par de horas disfrutando de los tesoros que allí guardan. También me subí al mirador que tienen... espectacular. 

Entre los modelos que descubrí en el museo me llamaron la atención la BMW R-27 de 1962, una Royal Enfield militar, los sidecares, una preciosa Velocette negra, alguna antigua Derbi y, por supuesto, una Ducati Elite, muy parecida a la que reconstruyó mi padre en el año 2002, con la que llegó en marcha hasta el evento de clásicas de Colombres. También me encantó ver una YZF 750, eso sí, pintada de amarillo (podía ser otro color...), la hermana mayor de mi FZR del 94. Los coches americanos que luego descubrí también me parecieron interesantes, curiosos. Parece mentira que se movieran con vehículos tan largos y anchos, ¡vaya barcos!

Iba a comer por allí pero al final decidí arrancar y seguir camino, esta vez dirección puerto de Béjar. Iba tan a gusto que los minutos pasaron con tranquilidad y sin hambre. Luego llegué de nuevo a Barco de Avila, por la misma glorieta que había abandonado aquella misma mañana. Me detuve como quince minutos para ver el río y hacer un par de llamadas. Pensé en buscar dónde comer allí mismo... pero otra vez continué, rumbo hacia Gredos donde, por fin, algo después paré en un bar de pueblo. Una rica hamburguesa aldeana y una Estrella Galicia fresquita, acompañado de más gente y de demasiadas moscas, formaron mi comida aquel soleado día, a unas horas ya algo tardías. No tenía prisa. Pedí el obligado café con hielo y surgió la oportunidad (¡vaya racha!) de ver a mis padres aquella tarde. Como faltaban casi dos horas para vernos en Venta del Obispo (¡otra vez!) me pase la mitad de ese espacio de tiempo recorriendo el tramo desde Hoyos del Espino hasta el cruce con la N-502 un par de veces. Algo ilógico pero muy divertido. Sobra decir que no había casi nadie por aquellas carreteras. Parecía un regalo... Y llegaron las 17h30 (si no recuerdo mal). Llegué a Venta y solo tuve que esperar como quince minutos. Vi un Opel gris acercarse. Eran ellos. Otro cafetito pero en mejor compañía. Yo tenía la opción de volver a casa pero, al final, decidimos ir juntos hasta Hoyos del Espino y dormir en el hostal Galayos, un viejo conocido. Un poco de aire puro nos vendría bien y hacía eones que no compartíamos una escapada juntos. Justo recordamos el Gredos Trophy de finales de abril del 2019 con los amigos Tortugas y nuestra estancia allí. Menuda excursión fantástica aquella de dos días. No había vuelto a parar en aquel establecimiento. 

La tarde pasó tranquila y agradable. Hicimos algún recado como ir a la farmacia mientras disfrutábamos de la terraza del mesón-hostal. No había mucha gente pero de vez en cuanto pasaba alguna moto. Cenamos muy bien en uno de los sitios que conocemos de toda la vida y la noche trascurrió sin frío ni calor. Amaneció temprano y me di una vuelta a pie por las inmediaciones del lugar, viendo caballos, alguna vaca antipática y algún lugareño atareado con su huerto. Luego descubrí varios conejos, algunas gallinas y algún gato, todos conviviendo en aparente armonía detrás de una valla. Me quedé como hipnotizado un buen rato viendo lo sabio que son los animales, siempre viviendo en la naturaleza, sin ciudades, sin dinero, sin diferenciar un día de otro, sin humos y sin prisas... ¡Cuánto deberíamos aprender de ellos! También pensé en mi futuro, bueno, en uno de ellos, de esos que vas pensando sin prisa y sin demasiadas ilusiones por si acaso se tuerce: el de vivir en unos años en un lugar tranquilo, lejos de las ciudades. Mientras volvía hacia el hostal descubrí pájaros que parecían estar empadronados en el pueblo... y cigüeñas (o algo parecido, seguro que no acierto), y algunos nidos ubicados en alguna atalaya o tejado, esas cosas habituales y tradicionales que no vemos mucho los de ciudad...

Desayunamos de lujo, como no podía ser de otra manera. Otro paseo pero esta vez no visitamos la plataforma de Gredos. Siendo sábado empezaba a masificarse, por supuesto. Decidimos a mediodía poner rumbo a casa tranquilamente, parando luego a comer en el pueblo de Navas del Rey, en uno de nuestros restaurante favoritos. Antes, por el camino, paré en algunos lugares par hacer fotos, también en Navalosa (el pueblo de mi abuelo paterno) dónde hay alguna figura curiosa del folclore local, a pie de carretera, como el de la imagen que os pongo aquí... ¡el Cucurrumacho!

Y así concluyó aquella escapada bastante improvisada pero muy satisfactoria. Pasar por Gredos y todos aquellos lugares revitaliza mente y cuerpo, estoy seguro. Que a cambio echemos algo de humo es casi imperdonable pero como la XSR cumple la normativa Euro4 no me siento muy mal por ello... 

Bautizo serrano para Pablete...


Todo o casi todo llega en esta vida. Cuando es algo agradable se disfruta mucho, claro. Si seguís este blog habréis leído en ocasiones algo sobre Pablo, el hijo de mi amigo David Motos. Pablete comenzó a correr en moto muy pronto, poco después de caminar. Se le daba bien. Con las mini motos se hizo un figura y llegó a ser campeón de la Comunidad de Madrid. Salió en algunas revistas, en algunos reportajes, y con la ayuda de amigos la familia fue avanzando lo que podía. Una familia muy unida y unos auténticos apasionados de la gasolina y de las carreras. Pero el motociclismo no es barato, ni siquiera en la base. Eso ya lo sabíamos...

Hace años conté en este blog aquel finde mágico cuando fuimos a Motorland varios amigos para rodar juntos en el karting de aquel magnífico lugar. Unos con su Vespa de carreras, yo con mi Ossa y la familia Motos con la "Moto4" que llevaba Pablete (una IMR MiniGP tuneada). Yo pude llevar mi Ossa gracias a nuestra querida Rosa que una vez mas se apunto a la aventurilla y puso a nuestra disposición su furgoneta. En aquella divertida pista lo pasamos en grande aunque yo tuve una caida definitiva en las ultimas vueltas de la segunda tanda. La panza de mi tubarro rozó el asfalto en una curva a derechas e hice "el trípode" al quedar una rueda en el aire. Bandera roja y mi depósito destrozado. Pero hasta entonces las tres motos y sus correspondientes jinetes dábamos vueltas contentos al trazado, casi solos, solo una CBR 600 F circuló más tarde por allí (que no pasaba de segunda marcha). Yo doblaba a la Vespa facilmente y a mi Pablete también me doblaba en pocas vueltas. Vamos, que cada uno llevaba un ritmo distinto. En mi caso, ya no pude volver a salir al romper un tubo del chasis en la caída pero, aunque lo lamenté profundamente, todavía pienso que toda la logística y la escapada mereció la pena. Daba gusto ver rodar a Pablete, sobre todo por sus trayectorias precisas y su bonito estilo tumbando. Apenas era un niño de 9 años entonces (allá en el verano del 2013) pero todos sabíamos qué tenia futuro si pudiera seguir su carrera deportiva. Buenos recuerdos...


Los años pasaron, los triunfos y las penalidades se iban intercalando... Al final, la falta de apoyo económico obligó, muy a pesar de los protagonistas, a dejar las carreras de mini motos. Algo después volvieron al motocross para divertirse, una disciplina algo menos cara cuando solo vas a entrenos y "tandas". Todavía siguen con la arena y el barro con dos Honda que yo veo enormes con las que disfrutan a tope, padre e hijo.

Y, como el tiempo vuela, Pablete llegó a la edad de sacarse su primer carnet y poder salir a rodar por el mundo real. Sí, todo un cambio para los pilotos que nacen entre kartings y pistas de barro. Una cosa es pilotar una moto, otra conducirla en esta jungla de asfalto. Meterte en el tráfico abierto que nos rodea no siempre es fácil. Llegas con vicios, costumbres de pista cerrada y una falta de experiencia (lógica) que puede suponer, en ocasiones, un problema. Pero todo es cuestión de práctica y tiempo...

Por fortuna, Pablo tiene a su padre siempre muy cerca y empezaron a rodar juntos por carretera. Uno con su Fazer 600 y el más joven con su flamante NSR 125.


Hace meses hablamos de salir de ruta juntos fuera de las zonas agrestes más populares y pusimos rumbo a Gredos para hacer "una primera toma de contacto serrana"... No es que no sea popular Gredos pero no íbamos a encontrarnos la misma densidad de motos, coches y gente de verde... Era mediados del mes de junio, hacia calor pero se podía soportar. Avisamos y algunos amigos más se apuntaron a la "excursión"; Kike, Joselito y Mónika con Tyto y sus cuñados, Lorena y Javi. ¡Un buen grupo! Encantado de conocer a Lorena y a Javi, espero que nos volvamos a ver en el futuro.


Juntos llegamos hasta El Barraco y paramos en nuestro bar de siempre, el de los torreznos y las patatas revolconas... todo un clásico. Luego dos motos y las dos parejas tuvieron que volverse a celebrar el cumpleaños, como tenían planificado días atrás, y los Motos, José, Kike y yo seguimos hacia Burgohondo y luego al puerto de Serranillos


Por el camino pudimos apreciar la pericia del joven del grupo. Iba a tope, a todo lo que daba su pequeña moto, claro, y en curvas precisamente no había que esperarle, ja, ja... Como pasa a menudo con los pilotos que empiezan a salir por carretera abierta, algunas curvas las hacia demasiado racing, invadiendo un poco el carril contrario en tumbadas a izquierdas. Por cierto, ibamos subiendo hacia Serranillos observándole cuando noté un quemazón en mi brazo izquierdo. La chupa de verano tenía muchas perforaciones. O me había saltado una china grande u otra cosa... Luego se me pondría como un jamón, en tamaño y muy colorado... y me duraría así casi una semana, curioso. A llegar a la cima comentamos la jugada y lo que habíamos visto. Hicimos alguna foto y decidimos que quizá era momento de bajar a Navaluenga y comer algo. Arrancamos en unos minutos y dejamos a Pablete delante en aquellas bajadas. Increíble cómo tomaba la curvas el chaval. ¡Un disfrute verlo! Me alegré también por Kike que hacía años que no nos veíamos. Ahora va ligero con una custom muy especial, tan ligero que me sorprendió bajando el puerto, apenas se quedaba rezagado. Joselito volvió a disfrutar con nuestras rutas, como siempre, tan feliz como una perdiz...

En Navaluenga ya atizaba más en sol aunque, a lo lejos, se veían unos nubarrones negros. Preguntamos en "La Bellota" y entramos para degustar una paella y unas ensaladas. Buenas risas y buen menú, yo usando los hielos de mis refrescos para enfriar mi brazo izquierdo que ya parecía un pequeño Navidul, ja,ja... Comentamos la jornada y hablamos de bañarnos o no en el río. El césped y las aguas invitaban a ello y, aunque era domingo, no había mucha gente. La mayoría llevábamos el bañador y las toallas. Al final nos tumbamos por allí, a la sombra, empezamos a hablar y al final no nos bañamos. Fueron buenos ratos de calma y buen humor... qué bien se está cuando se está bien.


Arrancamos y vi esas nubes de horas antes un poco más cerca. Salimos con el estómago bien lleno (sobró paella, que conste, ¡y Kike se la llevo en un tuper!) y, llegando a El Tiemblo, cayó la mundial. Tormentón de verano, ya sabéis. A mi me vino bien porque andaba con calores internos y la moto no la llevaba ese día especialmente limpia pero lo sentí por Pablo que iba en vaqueros y con una chupa de cuero que, pensé, lo mismo se le iba a encoger en ese rato... y a unos 110/115 como mucho de punta, por lo que la "navegación" duraba más de lo habitual. Llegó un momento en que caía tan fuerte que se empezaba a ver un poco mal. Pensé en parar bajo un puente o algo así pero, de repente tal como vinieron, las nubes se fueron, nos alejamos, las ganamos y enseguida el sol nos secó a todos. Bonito broche final para un día motero estupendo. Madre mía cuando este chico pueda llevar motos más grandes, se va a cansar de esperarnos en las rutas... En todo caso, ¡bienvenido a las road races, Pablo

Mayo, el mes de las flores...y algunas rutas.


Mi mes favorito suele traer buen clima en general aunque siempre regala algún día de calor o arrebatos inesperados como alguna tormenta no invitada a la fiesta. Con tanto hambre de kilómetros había docenas de ideas en la cabeza pero, como casi siempre desde hace unos años, el filtro a aplicar reduce mucho las opciones realmente viables. Esta vez contábamos con un fin de semana y el inicial viaje de retorno a la zona de Cazorla se transformó, días antes, en otro distinto, no muy lejos de la zona mencionada, más al norte, para disfrutar de otro reducto rural y serrano espectacular: la Sierra de Segura.

Quería comenzar por Riópar, cerca del pintoresco pueblo de mi madre, Bienservida, una vez atravesada la llanura de La Mancha, claro, porque había que llegar primero a la zona elegida. Habíamos visitado alguna vez el nacimiento del río Mundo y sabia que toda esa comarca en moto tenía que ser divertida, por curvas y paisajes. De los previstos al final, como casi siempre, nos quedamos solo Julito y yo para hacer este pequeño "tour".

Salimos el viernes después de comer, parando en Manzanares para saludar a unos amigos del Facebook que todavía no conocíamos en persona, Mariàn y Oscar, que, con su VStrom, nos esperaban en la entrada del pueblo. Gente maja que encima nos llevó al viejo castillo de Pilas Bonas, una fortaleza del siglo XIII rehabilitado ahora en un magnífico hotel, enclavado dentro del pueblo. En total, casi un par de horas de disfrute, ¡habrá que volver con menos prisas! 


Después de echar gasolina en Villanueva de los Infantes (¡mi depósito es ridículo!), por fin dejamos los llanos y empezamos a ver ondulaciones en el terreno, mientras comenzaba a declinar el astro rey. Llegamos al límite de Andalucía, cruzando un pequeño río (Guadalmena, creo) por una zona ya interesante de curvas y escaso tráfico. Llegamos a la general, la N-322, la que incluye los desvíos hacia Bienservida, dirección Villapalacios y Reolid. Pronto anochecería y se notaba que había bajado la temperatura. Con mi chupa de verano se percibe fácilmente. Y llegó una agradable sorpresa. Saliendo de Reolid encaramos unos últimos kilómetros de ruta fabulosa. Resulta que nos internamos en una zona boscosa llena de curvas y agrestes paisajes, era un puerto, el de Las Crucetas, en la CM-412, ¡menudo descubrimiento! Solo algún inoportuno coche nos arruinó un tramo perfecto. Curiosidad: posiblemente estábamos en al Sierra de Alcaraz... pero el letrero que vi ponía Sierra de Segura. Para gustos...

Nos alojamos y cenamos en el hostal rural que había reservado días antes. Nos trataron de maravilla, hasta modificando a nuestro favor, la reserva que teníamos (en teoría era para tres personas) para luego dar un rulo por el pueblo y tomarla en un bar con marcha que encontramos. Yo tenía ganas de que amaneciera para seguir ruteando por esa zona hermosa y sinuosa que se antojaba.

El sábado llegó soleado y pacífico. Después del obligado desayuno racing, dimos un breve paseo por las afueras del pueblo y luego ya nos despedimos de él haciendo una breve parada en Riópar Viejo, una especie de pedanía antigua llena de casas de piedra, atalaya que había vislumbrado la noche anterior cuando llegamos a la zona. Subimos por una carretera estrecha en buen estado y disfrutamos de muchas vistas estupendas. 


Luego volvimos a bajar y nos dirigimos al nacimiento del río Mundo y... ¡¡menuda ambientazo de motos había por la zona!! Increíble, me parecía estar casi en la Cruz Verde un domingo. Deportivas, nakeds, trails... pilotos con monos de cuero de colores, algún acelerón sonoro y algún jaco, vamos, muy entretenida toda esa área para público y participantes... Echamos caldo en una gasolinera y a ocho kilómetros paramos cerca del parking del nacimiento, donde comienzan algunas sendas para visitar tan magnífico lugar. Como íbamos vestidos "de romanos" no nos golpeó en el pecho las ganas de ponernos a andar. Además, por lo visto, eran casi ocho kilómetros en total. Estuvimos un ratillo sentados en una mesa de madera respirando un poco de aire puro mientras familias y parejas, con sus mochilas, cruzaban por allí dispuestos a caminar y hacer ese tipo de cosas sanas que tanto recomiendo yo mismo al personal...


Cuando arrancamos coincidimos con dos GS en ruta. Una de las modernas y otra más talludita que lideraba el improvisado grupito. La abuela y su piloto iban de lujo, el de la GS moderna iba algo colado y me retiré unos metros para no atosigarle. En dos curvas limó arcenes de mala manera y casi freno para evitar posibles consecuencias. Luego paramos nosotros para hacer fotos (y alguno para fumar) en un tramo solitario en mitad de la nada donde solo se veía naturaleza bajo un sol comedido. Queríamos visitar el pueblo de Ayna, en la zona llamada "la suiza manchega", dentro de la provincia de Albacete. La excusa era ver la famosa Vespa en el mirador, homenaje a la antigua peli "Amanece que no es poco". Aquella Vespa salió varias veces en la película surrealista de José Luis Cuerda. Antes de llegar al mirador pudimos disfrutar de unos tramos estupendos y una orografía alucinante, pequeñas montañas altas y parajes solitarios, pequeños desfiladeros incluso con apenas tráfico y agrestes curvas que no invitaban a salirse del trazado...


El calor ya apretaba. Había motos y gente en el mirador pero tampoco demasiados. Hablamos con una pareja madurita que acababan de parar con su flamante R 1200 RS. Los confinamientos habían provocado que no se hubieran visto durante meses pues vivían en Murcia y Alicante, respectivamente...y nada mejor que coger la moto y disfrutar de la libertad de viajar a dúo con ella, claro.  

Mirando hacia arriba se veía que la carretera se elevaba unos metros hacia algún destino desconocido para mi. Nunca habíamos pasado por toda esa zona. Decidimos subir por allí y seguir hacia algún lugar que no fuera plano, quizá hacia Alcaraz donde, seguramente, pararíamos a comer... y a repostar la burra (la mía sobre todo, claro). Y todo eso fue, exactamente, lo que hicimos. Yo pensando que tendría que haber alguna gasolinera en ese famoso pueblo, claro. Y sí, había, después de un tramito interesante que disfrutamos sin coches. Estaba siendo un sábado racing y ameno, ¡menos mal!


Después de comer decidimos que pasaríamos la noche en algún sitio chulo. Nos acordamos de las lagunas de Ruidera y busqué con el móvil algún hostal. Había pasado dos veces por ese pueblo en mi vida pero jamás había visto las famosas lagunas. Salimos sin prisas por otro tramo tranquilo desviándonos cerca de un pueblo solitario para meternos en una especie de bosque sin humanos donde volvimos a parar para fumar, mirar y esas cosas... 

Luego arrancamos y llegamos enseguida al turístico pueblo. Nos cambiamos de ropa para dar un buen paseo (yo tuve que comprar unas chanclas porque no llevaba otro calzado en mi macuto). La verdad que no sabia que estuvieran localizadas las lagunas tan cerca del pueblo. Muy bonitas y grandes. Por desgracia, me dio una pequeño ataque de alergia o algo así porque me tire más de media hora estornudando mientras miraba el paisaje bucólico y el agua tranquila que los rayos del sol alumbraban con gracia...mientras yo buscaba más clínex o pañuelos. Luego para ahogar las "penas" nos tomamos unos buenos helados. Por lo visto, hay muchas heladerías en estos pueblos.. 


La velada fue interesante, charlando y tomando algunas raciones en la terraza de una plaza cercana. Acordamos madrugar un poco para llegar a casa el domingo a media mañana (temas personales) y, de paso, poder ver ya puestos un par de carreras del GP de Italia, en Mugello. Yo había prometido llegar a casa sobre las 11 y al final lo cumplí de sobra. 


Saliendo de Ruidera hacia Tomelloso hay un tramo muy divertido que no conocía tampoco. Desayunamos en otro pueblo cercano, donde estaban todavía cerrados la mayoría de bares. Allí un par de fotos divertidas con los iconos de La Mancha, sí, efectivamente, los personajes del "Gordo" y del "Flaco", tal cual.


El resto de viaje no tuvo misterio alguno salvo que mi retrovisor izquierdo volvió a aflojarse en marcha varias veces. ¿Le echaremos al final Loctite? Ultimo café cerca de Seseña y para casita... Ya lavaríamos la moto cuando se enfriara... En suma, un placer de viaje, de paisajes, de tramos y todo lo demás disfrutados con alegría con mi compadre, ou Yeah! ...y primer viajecito con mi robusta y ágil XSR. A pesar de su escasa autonomía, ¡¡un placer montarla!! 

Seguíamos rodando, ¿qué otra cosa podíamos hacer?

La pregunta podría tener trampa pero es todo un clásico. Con la que estaba cayendo en febrero todavía éramos, una vez más, unos jodidos privilegiados porque aparte de conservar salud y trabajo podíamos salir a rodar con nuestras  monturas. Bien es cierto que no muy lejos, no se nos permitía salir del perímetro de nuestra Comunidad, un territorio lleno de sitios encantadores y de tramos interesantes, sí...pero llenos de gente. Somos muchos para tan pocos kilómetros cuadrados. Estaba todo a rebosar. En febrero, casi por casualidad, al menos pudimos reunirnos una tarde en Robledo los cuatro de la foto de arriba. El bueno de Joselito que se apunta a un bombardero salió rumbo allí desde su casa mientras Kurtis e Iñigo venían de otros parajes y pararon para vernos.

En mi caso mis habituales escapadas cortas en kilómetros y horas (un par, normalmente) me llevan casi siempre a la zona que tengo más a mano, la archi-comentada Sierra Oeste. Y digo "archi" porque si sigues este blog habrás visto ya que muchas veces la cito. Hasta hace menos de veinte años yo era más de subir con la moto a la zona de Navacerrada, Morcuera, Canencia.. pero, como sabréis muchos madrileños, cada vez es más complicado rodar por allí los fines de semana. A las hordas de ciclistas y domingueros se iban añadiendo más elementos, incluyendo autobuses y más agentes de la autoridad. Un coctel complicado que, al final, convertía en suplicio cualquier escapada con amigos por esa zona. Y por eso mismo, precisamente, dejamos de rodar por allí con la frecuencia de antaño. Las pocas veces que nos lo hemos podido permitir hemos vuelto entre semana, recorriendo diferentes partes del valle del Lozoya y zonas cercanas... 

A la última visita, a finales de agosto pasado, ahora le sumamos en marzo otra escapada por esos bellos lares, esta vez en compañía de Alvarito y Rony. Una vez más, salimos de Miraflores de la Sierra. Una hora tardo en llegar allí desde mi casa, es el "peaje" de vivir tan al sur de la Comunidad. Subimos esta vez por Morcuera, puerto al que echábamos mucho de menos, y paramos arriba del todo donde reinaba un paz vivificante bien combinada con una temperatura y una luz ideales. Esos días de invierno luminosos pero nada fríos que tanto aprecio. Fue un martes 23 de marzo, nos cuadraba a todos y aprovechamos la oportunidad, almorzando además en la mítica Venta Marcelino, bajo un sol ya importante. Horas de lujo, sí...

Y terminamos marzo de una manera también estupenda. Con la excusa de celebrar el cumple de Julito quedamos unos cuantos para hacer una rutita y una comida racing. Yo conté con Inma que quería ya probar nuestra nueva moto. Montse también se apunto... y Joselito, cómo no. Desde Robledo dimos una vuelta clásica, intentando evitar los numeroso grupos de motos y coches que nos íbamos encontrando, tarea complicada... hasta luego terminar en las Navas del Rey, donde comimos en la terraza, bajo un sol despiadado que nos cocía a fuego lento. La sentada fue estupenda, de las mejores de la temporada en curso. Para rematar, como no, luego cayeron unos cafés en el bar clásico de Quijorna, el mítico El Aguila.

Y en abril un poco más de lo mismo. Nueva escapada por la zona (seguiamos confinados al perímetro madrileño) esta vez con Tyto y Mónika, que hacia tiempo que no nos veíamos, ¡había ganas! Y esta vez nosotros en nuestra antigua Fazer. Sí, es más cómoda para el pasajero que la XSR cuyo asiento es mullido pero muy corto, sobre todo si el que conduce es un "aberroncho" como yo. Paramos para tomar el segundo desayuno (casi vermú) en Colmenar del Arroyo y luego, desde allí, dimos una vuelta medio larga para terminar por la tarde de nuevo en Quijorna tomando casi la merienda. A ver si repetimos escapada, ¡pero más larga!, por otras tierras...

Y mientras, en ratos "tontos" sacaba la Fireblade para continuar el rodaje. Su postura es muy diferente a la que regala la XSR, obviamente, hay que hacer un cambio de "chip" mental, también por el motor, por el incremento de potencia, sobre todo de par, aunque la Yamahita no es un cordero precisamente...

Mientras esperamos que mi padre esté totalmente ok para volver a rutear en moto (a él las vueltecitas cortas no le van), hace algunas semanas nos acercamos a la vieja zona de Peguerinos y a la pista forestal que lleva a los collados de la Mina y de la Gasca (donde estos meses pasados he ido con el macuto y sin moto). Una zona que nos trae muy buenos recuerdos a mi familia. Cuando yo era niño y adolescente íbamos mucho por alli, para caminar, pasar el día e incluso para acampar en verano. Pasamos muchos fines de semana por aquellos bosques, cerca de los famosos campings que existen saliendo del pueblo, y muchas veces visitamos los búnkers de la guerra civil, sobre todo el famoso de Cabeza Lijar, un búnker estratégico en su época que ahora además es un estupendo mirador. Abajo, a pie de pista, en el límite entre provincias, encontramos una barrera que impide el paso de coches. También vimos que por un lateral de la valla, hay espacio suficiente para que bicis y motos puedan seguir su camino, aunque no sea ¿legal?, ¡cuantas cosas han dejado de serlo!...

Con las motos, hace muchos años también rodábamos por allí en compañía de buenos amigos cañeros, rumbo al Alto del León, y más veces rumbo al puerto de Malagón y al puerto de Abantos, para bajar luego por las sinuoso trazado que te deja en el merendero del Tomillar, ya en la carretera "normal", la M-600, junto al pueblo de El Escorial. Eran otros tiempos y las pistas no estaban tan destrozadas como ahora. Por supuesto, no todo el mundo con las motos de la época se atrevían ni deseaban entrar por esos tramos que se internaban por la montaña desde Peguerinos... Tenemos anécdotas para contar y no parar. Solo recordaré que en el 2013, muchos años después de aquellos "rallys", por mi mala cabeza, desde el Alto del León nos metimos rumbo a Peguerinos, mi padre con la Fazer y yo con la Infinita, por aquella pista que hacia varios años no "disfrutábamos". ¡Pronto me arrepentí!, pues ni imaginaba ni recordaba que estuviera en tan mal de estado. Fue un auténtico milagro llegar a Peguerinos y no pinchar las ruedas. Todo eran piedras, baches, polvo, un desastre... Tardamos una barbaridad y los ciclistas que nos encontramos aquella mañana con su montain-bike nos miraban con cara de alucinados. Normal. Todavía no sé como no rompí la quilla de mi Honda...

Aquella tarde con mi padre fue muy agradable y terminamos en la Cruz Verde para esperar a mi amigo Kurtis y su nueva montura: una flamante GS 1200 de hace ya unos añitos. Una moto que seguro que le dará muchas satisfacciones. Antes de que nos fuéramos para casa salió a la esplanada, de improviso, la mujer de Guillermo, al que ya habíamos saludado dentro de su local. Nos saludó efusivamente con muy buen humor, y con el cuadro de la foto de mi padre que tienen colgado allí, junto a la cafetera, detrás de la barra. Una foto en blanco y negro que le regaló mi padre a Guillermo hace muchos años. Sale el pater corriendo por la zona con su Impala, justo allí, en el puerto, ¡en 1965! Al final, nos hicimos una foto con ella y el cuadrito.

Y terminé abril dando mas paseos inocentes con la Infinita, avanzando en el rodaje del motor. Y un día me aviso el bueno de Juan Vegas y quedamos por la zona de siempre para vernos y tomar algo. Venían de Cadalso de los Vidrios y nos cruzamos antes de llegar a Colmenar del Arroyo. Di la vuelta y fuimos juntos hasta una terraza, Juan, dos amigos suyos y yo mismo. Buena charla y las mismas esperanzas de siempre: que pronto la situación sanitaria permita que circulemos por todo el país, al menos. Muchas ideas y ganas de rodar, viajar y gastar gasolina. Mientras, seguíamos y seguimos rodando por donde podamos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Cualquier cosa menos hundirnos en el sofá de casa...

Siempre Adelante...

Y llegó el deseado 2021...


Y llegó el ansiado nuevo año, lleno de ilusiones y esperanzas, como se suele decir, esperando que la vida se normalizara un poco, dejando atrás el doble veinte... aunque con tantas fiestas era un deseo un tanto irreal, como muchos profetizamos en pleno diciembre. Y no porque seamos muy listos sino porque viendo el panorama que había en las calles del centro de Madrid (¡había que ver las luces y ese "tipo" de obligaciones!) y lo relajado que se tomaban algunos las medidas sanitarias no era complicado imaginar nuevos confinamientos... Y así fue. Solo nos dio tiempo para quedar con algunos amigos un día, el domingo 3 de enero. Desayuné en Robledo con Joselito, Pedro y el colega de la RF 900, Javi, al que no conocíamos en persona aún. Subimos al mirador de Angel Nieto y poco más.


Pasaron las fiestas y llegó la gran nevada que colapso nuestra ciudad y casi toda la Comunidad de Madrid, pero algunos ya estábamos confinados en nuestro pueblo. Pensaba en casa, mirando por la ventana: "que no nos pongamos malos ninguno, que no podemos movernos" porque la altura de la nieve en calles y acera era brutal mientras alucinábamos, durante unos diez días, con las estampas blancas que nos regalaba un enero convulso que nadie esperaba tan movido. A nivel decorativo ver todo tan blanco era hermoso pero nada más.

Mientras, los contagios se habían multiplicado y los cerrojazos de movilidad eran ya habituales. Así que me encontré con la tesitura delicada de tener moto nueva y no poder sacarla. Primero por la inmensa cantidad de nieve que bloqueaba todo, ¡brutal!, y luego por la pandemia y sus consecuencias, o sea, pleno total. Pero no nos íbamos a quejar con la que estaba cayendo... si tienes salud y trabajo en estos tiempos no te puedes quejar de nada, ni por un instante. Pero, siendo realistas, daba rabia tener las motos paradas en el garaje. Bueno, en mi caso, la "RD", porque La Infinita se quedó "incomunicada" en el taller de los amigos de EMS donde tenían el motor abierto para un mantenimiento que ya había demorado un par de años. Para febrero retornaría a casa...


Luego, en cuanto se pudo, saqué mi "RD" para dar paseos cercanos. Para la primera excursión todavía quedaba nieve en cantidades industriales por todas partes. En muchas calles asomaba un carril pequeño y estrecho donde ya se vislumbraba el deseado asfalto negro. Por las carreteras principales se podía ya circular con normalidad. La cuestión era saber si había "enlaces" disponibles entre las calles del barrio y esas carreteras limpias. Así que un lunes que tenía libre, a media mañana, me abrigué un poquito y arranqué la XSR. Salimos con cuidado del garaje (ya habíamos limpiado la rampa) y pusimos rumbo a la M-501, mi carretera de circunvalación cercana, la que va hacia Villaviciosa y Brunete, camino a la Sierra Oeste. Como imaginaba, la pista estaba muy limpia y fue sencillo circular. Al llegar al desvío hacia Quijorna me puse expectante pero, aunque se acumulaban toneladas de nieve en las cunetas y en los campos, la M-522 también estaba en muy buen estado, salvando alguna curva delicada. El sol iluminaba con algo de ganas y no hacía nada de frío, el día se presentaba acogedor para esta primera toma de contacto. Paré un rato en uno de los búnkeres que hay por el camino, llegando a Quijorna, e hice las inevitables fotos con la moto y la nieve. Postureo puro y duro. También quería detenerme para respirar el aroma del campo nevado, sin apenas tráfico. Los pulmones se llenaron de paz...


Luego llegué hasta Navalagamella y paré a tomar algo en mi bar favorito del pueblo. Me acompañaban unos ciclistas en otro mesa. Estuve reflexionando sobre lo que nos podría deparar este nuevo año. No me hacía (ni me hago) demasiadas ilusiones. Calculaba cuando podríamos aprovechar para hacer algún viaje decente, en moto por supuesto, pero lo veía lejano. Quizá para finales de primavera, si no se volvía a estropear el asunto sanitario antes. 

A la vuelta, en una "famosa" curva en bajada que tenemos por aquí, me volví a detener. Más que nada por el paisaje. Esto no se ve todos los días. Esta vez la curva no estaba salpicada con arena de la cantera cercana sino por algo de nieve. Recordé. Días antes del inicio de la pandemia y del estado de alarma, en el 2020, me paré allí con la Fireblade para tomar una foto y despedirme temporalmente de las escapadas. En aquel entonces, decidía dejarla aparcada en el garaje hasta nuevo aviso, visto el trajín que iban a vivir en los hospitales.


Ese lunes terminé comiendo con mis padres en su casa de Carabanchel y, después de lavar la moto en su garaje, quitarle la sal de las carreteras, salí tranquilo rumbo a mi pueblo aunque al final no fue tan sencillo escaparme de mi antiguo barrio. Recorrer aquellas calles fue como hacerlo por un pequeño laberinto medio nevado. A los treinta segundos de arrancar, cien metros más arriba, por culpa de las sombras no vi el montón de nieve que se amontonaba en el centro de la calzada y casi me caigo. Hubiera sido un show y me hubiera enfadado, ¡no quiero estrenar la moto tan pronto! Diez minutos después conseguí escaparme y llegar a las inmediaciones de la M40. Al final, me supo a gloria aquella rutilla blanca de apenas ciento y pocos kilómetros. Por algún sitio debíamos comenzar...

Y así, con más confinamientos semanales a cuestas, dando vueltas por mi pueblo, hasta el lavadero, la gasolinera o hasta el bar motero Daytona, se nos han consumido muchos días aburridos. Muy pocos kilómetros hasta finales de febrero, de risa. Un mono increíble se iba acumulando en el cuerpo.

Especialmente esperado fue volver a la carretera al fin, salir de nuestro entorno, aunque significara no llegar muy lejos. Quedé con Joselito y su Himalayan y pusimos rumbo hasta el mesón del Puerto, todo un clásico. Ese día comimos con mis padres en las Navas del Rey, enlazando por el mítico y pequeño (pero agradable) puerto de San Juan. ¡Había que aprovechar para socializar!


Y en pocos días me fui a por la Honda que ya estaba fetén, esperándome, en el taller de Parla. Ahora va suave, ajustada y dulce. Me toca hacerla un rodaje real pues se han cambiado segmentos, juntas, válvulas, bulones, etc, etc. Tenia ganas de encontrármela, ver cómo ruge ahora y hasta mucha curiosidad por chequear cómo me vuelvo a acoplar a su posición racing. Después de dos mil kilómetros con la XSR, cuyo manillar y postura es casi de cross, la diferencia es abismal. La sensación es algo ambigua. Me acoplé bien a la Fireblade pero mis piernas se quejaron un poco los primeros días al tener que doblarse bastante más que en la Yam. Como ahora no estiro las marchas (estamos en rodaje) tampoco estoy disfrutando de su brutalidad por lo que ese plus no cuenta ahora en la fórmula y en el balance final. Busco ratos para hacerla el rodaje y no hay problema al circular con ella. Aunque no quiero pasar de 6000 vueltas son más que suficientes para poder navegar a 150 si hace falta. El cambio va muy suave ahora. Cuando estaba el motor abierto hablamos de cambiarle también los empujadores de los piñones del cambio. Son una especie de arandelas gruesas que con los kilómetros, lógicamente, se van degastando, perjudicando el cambio de marchas. No es nada caro sustituirlos y se gana en suavidad y precisión. Me alegré un montón de añadirlo a la "lista de los Reyes".

Y así es como veo este año que arranca... Al margen de otras consideraciones que no vienen al caso, a nivel motociclista, me temo que tendremos que aprovechar las oportunidades y gestionar los "huecos" de calendario que se vayan abriendo para salir. Yo no quiero gastarme en reformas domésticas el dinero que estoy ahorrando por no salir. Yo quiero gastármelo con la familia o con los amigos por ahí. Vamos a ello...


Salud y Gasolina para todos.

Otoño despistado pero feliz...


En septiembre disfrutamos de una cálida y agradable climatología, esperando (deseando, mejor dicho) que el otoño no fuera convulso y que la pandemia se contuviera... aunque eso era ser muy optimista pues ya por esas fechas empezaron los primeros gritos serios de alarma. Los rebrotes aislados se habían generalizado semanas atrás y no había que ser muy listo para adivinar que llegaría una segunda ola en toda regla. Y mientras surfeábamos por la realidad, intentando esquivar las aglomeraciones, aprovechamos bien cada ocasión que se presentaba. Uno de los días más agradable fue el que fuimos, Inma y yo, a las faldas del monte Abantos, al merendero de siempre, donde tantas veces hemos parado con el macuto a cuestas, camino a la caseta, o con la moto en medio de una ruta. Fue otra pequeña escapada, como casi siempre en estos tiempos... Dejamos a los niños en casa y cabalgamos durante unas horas en nuestra bella FZR. Un tío afortunado, sin duda, con dos hermosas damas junto a mi. 

Cerramos septiembre con una buena reunión de amigos en la zona  de Pelayos de la Presa, en el mesón de siempre. Ese día mi admirado Kurtis me dejó probar su bello cohete rojo, la S1000R, y me enamoré completamente, sin querer y sin esperarlo. De quince minutos que tenía yo previsto para conocerla pasé a más de media hora, dando vueltas por la zona, incluyendo el puertecito de San Juan. ¡Qué maravilla de moto!, hace todo fácil, y es ágil, potente, cómoda (para mi estándar) y frena que da miedo. Fue amor a primera vista, como si nos conociéramos de años pero... no podría permitirme algo así. Seguimos de ruta hasta El Barraco junto a David con su Fazer, Julito y Joselito con su Himalayan. Iñigo y Kurtis tenían cosas que hacer y se despidieron después de mi "toma de contacto" con La Merkel.


Pero seguía con la idea (desde primavera) de "jubilar" la FZR... A pesar de su gran rendimiento, y las alegrías que me da, deseaba hace tiempo volver a tener una moto nueva (desde la Honda en el 2009 no había estrenado moto). Ya en octubre cerré la "etapa de estudio" y, viendo que los modelos de Kawasaki que me gustaban (sí, basicamente, la Z 900 Café Racer) no estaban a mi alcance económico, decidí volver a mirar las ofertas de KTM y Yamaha, y viendo sus opciones de financiación, no era descabellado pensar en una de ellas. Los modelos a la vista era la aclamada 790 austriaca y la exótica XSR 900. También miré y probé, que me pillaba a mano, la GSX750S que vende Suzuki actualmente, una moto noblota, cuya agilidad y sonido me gustaron, no tanto su potencia. Me dio la impresión que no andaba demasiado. Parecía su antigua hermana pequeña de 600... Las posición naked era cómoda pero los asientos algo pequeños...


En paralelo, probé varias FZ1, Fazer 800... me encandilan todavía. Todas muy ágiles y en el caso de la "vieja" Fazer 1000, un auténtico pepino apetecible. Pero no me decidí. Lógicamente, de segunda mano hay que pagar lo que te pidan a toca-teja y me resultaba inviable. (En el caso de las FZ1 y FZ8 había que contar, además, con el problema endémico de su rotor. Había quién lo había cambiado ya, otros no... Un asunto que no me terminaba de convencer, ni mucho menos tranquilizar, y eso que alguna de las motos tenían buen precio de venta).



Al final, me decidí por la XSR 900, nueva, más que nada porque su estampa me tiene loco y su motor tricilíndrico me encanta (el de la Tracer, viejo conocido). Si a eso unimos unas suspensiones por fin dignas del resto de la moto (las suspensiones de las MT09 y Tracer eran claramente mejorables) pues... blanco y en botella, una gran moto. Una moto más polivalente que una R, aunque tampoco es una GT precisamente. Y como la financiación era muy flexible, contando con algunas ventas que tenia que hacer, y con la futura venta de la FZR, me tiré a la piscina. Aunque hubiera nuevos confinamientos a la vista, una vez más, nosotros a nuestra bola, a contracorriente... Y se lo conté a mi padre y se lo pensó... luego vio la moto ¡y le encanto! Solo la quería en color blanco y rojo, como si fuera una "RD moderna". Esos son los colores Yamaha realmente, no el azul ni el amarillo americano avispa, tan famoso desde los títulos de Roberts. Así que contacté con mi amiga Nuria de Yamaha Motor Madrid y, después de revisar todo el tema, me buscó una unidad con esos colores. Solo había una localizada...¡¡en Murcia!! Di una señal y se la trajeron. Y en dos semanas fuimos a verla. La primera foto con la nueva niña:


La suerte estaba echada. Y una sonrisa en mi cara también surgió. Enseguida se tramitó el seguro a distancia y un 7 de noviembre fui a buscarla. Vaya, un número 7 de nuevo, ¡parece que me persigue ese número! Empezó a chispear y hacer frío en Madrid. Nos conocimos así, un poco flag to flag, camino a casa, con parada para repostar y hacer las primeras dos fotos en la estación de servicio. Había salido del concesionario con el mapa "Estándar" de los tres que proporciona la XSR, y yo preparado para hacerla un buen rodaje, y con el CT a nivel intermedio. Sí, mi primera moto con electrónica... ¡Es difícil no llevar algo así en una moto moderna! Aparte, la moto me ha sorprendido en varias facetas. Es ágil, como imaginaba, o quizá más. El tren delantero da mucha confianza, ¡estupendo! La posición es cómoda, pero vas sentado altito, como había escuchado. Y el sonido del escape es más que aceptable, tanto que no creo que le cambie la cola del escape, increíble con mi "curriculum" de cambios...

Y, obviamente, he aprovechado cualquier hueco para salir a hacer kilómetros. Costaba acumularlos ya que, entre confinamientos perimetrales y otras historias, tampoco podíamos ir muy lejos. Los primeros quinientos kilómetros fueron con el mapa que os contaba más arriba y sin pasar de 6000 rpm, casi todos realizados por mi Sierra Oeste. Aún así, ya se notaba el verdadero genio de la "RD". Me gusta llamarla así, tienen cosas en común. Aquella "matapijos" de 350 fue la bomba en los años 80. Aceleración brutal, sonido celestial, ágil, ligera... frenos y chasis de risa, eso sí. Solo la probé una vez (la de un cliente de Moto Per Tutti) y puedo asegurar que era salvaje. Desde hace años, hay muchas restauradas corriendo en clásicas y costando un pastón. Qué paradoja...hace veinte años nadie se acordaba de ellas, ¡y costaban cuatro duros! 

Desde noviembre, con la XSR como compañera de paseos, me ha dado por profundizar en mi afición a conocer viejas fortificaciones de la Guerra Civil, ya sabéis, búnkers y similares. Ya conocíamos algunos de toda la Sierra Oeste, escenario de la famosa Batalla de Brunete. Pues bien, hemos conocido alguno más, y nos queda por visitar varios... pero para ello necesitaré volver a sacar el macuto (como hice en diciembre, pero en el Alto del León camino al fortín de Cabeza Líjar) o pillar una trail…. porque la XSR, obviamente, no es para internarse por el campo ni casi para rodar por pistas forestales estables. 



Como pasaba incluso con su hermana la Tracer 900, apenas tiene distancia al suelo y los colectores de los escapes están muy expuestos (bueno, como todo el motor). Así que, aunque ya ha pisado tierra dos veces, tengo que tener mucho cuidado... (No subiría con ella al pico de Javalambre a por la medalla, tramos que con la Fazer no era nada difícil recorrer, por cierto).


También hemos aprovechado el otoño para salir con los amigos. Teníamos ganas de ver a Rosa, Iñigo, Kurtis, Alvarito... quedamos en su pueblo, en Manzanares, y les presenté a mi nueva niña. Desayunamos como marqueses bajo un tibio sol de noviembre y luego hicimos una interesante ruta hasta Redueña, donde almorzamos tranquilamente en una terraza. Justo antes de despedirnos, poniendo rumbo cada uno a su zona, alguno tuvo problemas con sus cremalleras (vaya risas) pero me prohibieron comentar nada en el futuro ni mostrar imágenes del "suceso" (más risas)...


Y pocos días después, apurando el mes, aprovechamos para reencontrarnos con más colegas como Lupo. La excusa fue ver la preciosa CBR 600 del 91 que se ha comprado. Menuda hermosura, y menuda decoración más bonita que luce, tipo diseño casco de Doohan. Quedamos una fría mañana en Quijorna y dimos un rulo tranquilo (yo seguía en rodaje) hasta Cruz Verde donde se junto más gente conocida con la que hicimos un breve recorrido hasta las cercanías de Aldea de Fresno, antes de retornar, Alvarito y yo, hasta Navas del Rey, donde había quedado con mis padres para comer, ¡hay que aprovechar los días libres para socializar!


A principios de diciembre me llevó Pedrito a la presa de Picadas. Tenía ganas de conocerla. La XSR piso tierra y esquivo muchos baches pero llegamos sin problema. Una pasada de lugar, junto al Safari Park y al pueblo de Aldea de Fresno.


Un par de veces hemos comido en Navalagamella, en el mesón que descubrí hace meses y donde comimos con Tyto y Mónika un lluvioso día de octubre. Aquí una foto con Jose y Julito, hace algunas semanas, en el búnker que hay junto a la iglesia del pueblo. Perdí en ese rato mi mascarilla del TT...


Y para el día 31 habíamos planeado volver a despedir la "temporada" tomando algo en buena compañía en Cruz Verde. Anunciaban frío y lluvias y hasta el día anterior no teníamos claro si subiría alguien. Pero allí estaba yo a las 11h30, pasando un poco de frio en la terraza, bajo un sol que no calentaba nada... después de haber pedido un caldo para entrar en calor (una clavada de 3 eurazos). Afortunadamente, pronto empezaron a llegar amigos como Luis y Rosi, Lupo, Tyto y Mónika, Kurtis e IñigoLuis traía hasta una botella de cava, y como otros años, pudimos brindar todos por un mejor 2021. 


No será fácil pero... qué así sea, amigos...mantengamos una actitud positiva, nada de estados de ansiedad cuando no haya motivo, si perdemos la actitud los malos ganaran, cuidemos la calidad de nuestros pensamientos y deseemos que después de las tormentas que todavía nos esperan volveremos a disfrutar del sol... ¡SALUD Y GASOLINA PARA TODOS!


GRACIAS A TODOS LOS QUE ME AYUDARON POR EL CAMINO...